Hubo un tiempo en el que una fotografía podía estar ligeramente trepidada, tener un poco de grano, las luces algo quemadas o una composición que rozaba el desastre. Y, aun así, era imposible dejar de mirarla. No porque estuviera bien ejecutada, sino porque había algo en ella que conseguía retenerte unos segundos más de lo habitual.
Hoy ocurre justo lo contrario. Vivimos rodeados de fotografías impecables. Enfoques al dedillo, colores perfectos, pieles sin una sola imperfección y ediciones tan limpias que parecen diseñadas por una IA con aires de grandeza. Técnicamente son mejores que nunca. Creativamente, no estoy tan seguro.
Creo que llevamos años confundiendo una fotografía perfecta con una fotografía interesante. Y son dos cosas completamente distintas.
Nunca había sido tan fácil hacer una fotografía técnicamente perfecta
No tiene sentido negar la realidad. Las cámaras actuales son extraordinarias. Enfocan mejor, exponen mejor, estabilizan varios pasos y permiten disparar en condiciones que hace apenas diez años parecían imposibles. Incluso un fotógrafo aficionado puede conseguir hoy imágenes con una calidad técnica espectacular simplemente dejando que la cámara haga buena parte del trabajo.
Después llega el software para terminar la faena. Se corrige la distorsión del objetivo, desaparece el ruido, se recuperan sombras, se sustituyen cielos y, si hace falta, la inteligencia artificial rellena aquello que nunca estuvo delante del objetivo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para eliminar errores.
Y ahí empieza el meollo. Porque cuanto más fácil resulta hacer una fotografía correcta, menos valor tiene que simplemente esté bien hecha. La técnica deja de ser un elemento diferenciador cuando prácticamente todo el mundo puede alcanzarla.
¿Tu fotografía dice algo o simplemente está bien hecha?
Nos hemos acostumbrado a valorar una fotografía por su nitidez, su rango dinámico, la limpieza del fondo o lo bien que ha sobrevivido a una ampliación absurda al 400 %. Pero una imagen puede superar todos esos exámenes técnicos y seguir sin provocar absolutamente nada. Quizá la perfección no sea el problema. Quizá el problema sea haberla convertido en el único criterio, hasta llenar nuestras galerías de fotografías impecables que nadie recuerda cinco minutos después.
Hemos convertido la técnica en el único criterio para juzgar una fotografía
Hace tiempo que me fijé en una cosa cuando leo comentarios bajo una fotografía. Rara vez alguien habla de lo que transmite la imagen. En cambio, aparecen enseguida mensajes sobre el objetivo utilizado, la nitidez de las esquinas, el rango dinámico, el ruido a ISO alto o el nivel de detalle al ampliar la imagen al 400 %.
Es curioso cómo hemos terminado analizando fotografías como si fueran informes de laboratorio. Dedicamos más tiempo a hablar del sensor que de la escena, más tiempo a discutir sobre el microcontraste que sobre la emoción que provoca la imagen. Parece que una fotografía solo merece reconocimiento si supera un examen técnico.
Y eso nos ha llevado a una situación bastante absurda. Hoy una fotografía puede ser impecable desde el punto de vista técnico y, al mismo tiempo, resultar completamente olvidable. Porque la perfección no garantiza el interés. Solo garantiza que será difícil encontrarle defectos.
Cuanto menos decide el fotógrafo, más se parecen todas las fotografías
La automatización ha hecho muchísimo más fácil la fotografía. Y no tengo ningún problema con eso. El enfoque automático actual es una maravilla. La estabilización permite imágenes impensables hace unos años. Los perfiles de color funcionan realmente bien y las herramientas de edición han reducido muchísimo el tiempo necesario para terminar una fotografía.
Lo que me preocupa es otra cosa. Cada automatismo que aceptamos también elimina una decisión que antes pertenecía al fotógrafo. Poco a poco dejamos que la cámara decida el enfoque, la exposición, el balance de blancos o incluso el aspecto final de la imagen. Nosotros simplemente aprobamos el resultado.
Cuando todos utilizamos las mismas ayudas, los mismos perfiles, los mismos ajustes y las mismas recetas de edición, las diferencias empiezan a desaparecer. Las fotografías dejan de reflejar quién está detrás de la cámara para parecer el producto de un mismo algoritmo estético.
La obsesión por eliminar los defectos también elimina la personalidad
Durante años nos han convencido de que cualquier imperfección debía desaparecer. Si una fotografía tiene ruido, lo eliminamos. Si el horizonte está ligeramente torcido, lo corregimos. Si una sombra resulta demasiado dura, la suavizamos. Si una persona molesta en el fondo, desaparece con un clic. Todo tiene solución.
El problema es que no todas las imperfecciones eran realmente un problema. Muchas veces eran precisamente las pequeñas decisiones, los accidentes o incluso los errores los que daban carácter a una imagen. No porque el fallo fuera bonito en sí mismo, sino porque hacía evidente que detrás había una persona tomando decisiones y no simplemente aplicando una receta.
Tengo la sensación de que llevamos demasiado tiempo persiguiendo una limpieza absoluta. Y cuanto más limpias son las fotografías, más cuesta distinguir unas de otras. La personalidad rara vez nace de la perfección. Normalmente aparece en esos pequeños detalles que hoy nos apresuramos a corregir.
La mejor fotografía rara vez es la más perfecta
No estoy defendiendo hacer fotografías mal expuestas ni desenfocadas. La técnica importa, y mucho. Cuanto mejor dominemos nuestras herramientas, más libertad tendremos para contar lo que queremos contar. Pero la técnica siempre debería ser un medio, nunca el objetivo final.
Hay fotografías técnicamente extraordinarias que desaparecen de la memoria apenas unos segundos después de verlas. También existen imágenes llenas de defectos que permanecen contigo durante años. No porque sean mejores técnicamente, sino porque consiguen despertar algo que ninguna gráfica MTF puede medir.
Quizá el problema no sea que la fotografía se haya vuelto demasiado perfecta. Quizá el problema sea que llevamos tanto tiempo persiguiendo esa perfección que hemos olvidado hacer la única pregunta que realmente importa cuando terminamos una fotografía: ¿dice algo o simplemente está bien hecha? Creo que la respuesta a esa pregunta explica por qué nunca habíamos visto tantas fotografías impecables… y, al mismo tiempo, tan pocas realmente inolvidables.
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.