Soñábamos con vivir de la fotografía. Nadie nos explicó cómo era realmente.
Hubo un tiempo en el que cualquier excusa era buena para salir con la cámara. Madrugar para fotografiar la niebla, recorrer kilómetros hasta un faro o volver una y otra vez al mismo lugar esperando que, por fin, la luz acompañara. Nadie te lo pedía. No había clientes, ni marcas, ni algoritmos. Solo existía esa necesidad casi irracional de hacer una fotografía porque sí.
Durante años pensé que el verdadero éxito consistía en conseguir vivir de aquello. Creía que el día que pudiera dedicarme profesionalmente a la fotografía pasaría mucho más tiempo con una cámara entre las manos. Lo curioso es que ocurrió exactamente lo contrario. Hoy vivo de la fotografía… y hago muchas menos fotos personales que cuando no ganaba un solo euro con ella.
La fotografía ocupa todo mi día, aunque la cámara apenas aparezca
Existe una imagen bastante romántica del fotógrafo profesional. Parece que pasamos la vida viajando, descubriendo lugares espectaculares y disparando sin descanso. La realidad suele parecerse mucho más a una oficina que a una expedición. La cámara está encima de la mesa, sí, pero la mayor parte del tiempo ni siquiera la tocas.
Escribes artículos. Editas vídeos. Preparas newsletters. Contestas correos. Hablas con marcas. Negocias colaboraciones. Revisas estadísticas. Piensas en SEO. Organizas calendarios. Haces facturas. Cuando termina la jornada, llevas diez horas trabajando alrededor de la fotografía… sin haber hecho una sola fotografía. Y, sinceramente, en ese momento lo último que te apetece es volver a coger la cámara.
Descubrí que trabajar en fotografía no siempre significa fotografiar
Creo que esta es una de las primeras bofetadas de realidad que recibe cualquiera que convierte su afición en profesión. De repente descubres que la fotografía ya no consiste únicamente en mirar. También consiste en gestionar. Y gestionar consume mucho más tiempo del que imaginabas.
Una parte importante de tu trabajo deja de estar detrás del visor para pasar delante del ordenador. Las fotografías siguen siendo el centro de todo, pero ya no son el trabajo en sí. Son solo una pieza más de un negocio que también necesita clientes, presupuestos, planificación y muchas horas invisibles que nadie ve cuando dice aquello de: “Qué suerte tienes, trabajas de lo que te gusta”.
El problema no es trabajar demasiado. Es dejar de fotografiar para ti.
Hay un momento en el que empiezas a darte cuenta de que todas las fotografías tienen un destino antes incluso de hacerlas. Piensas si servirán para una review, para un vídeo de YouTube, para Instagram o para ilustrar un artículo. Sin darte cuenta, la cámara deja de responder a la curiosidad y empieza a responder al calendario editorial.
Y ahí aparece un riesgo del que casi nadie habla. No dejar de hacer fotos. Al contrario. Haces miles. Pero cada vez menos nacen únicamente porque te apetecía pulsar el disparador. Todo tiene un objetivo, una utilidad o una explicación. La fotografía deja de ser un espacio de libertad para convertirse, poco a poco, en otra tarea más de la jornada.
Por eso intento salir sin ningún motivo
Desde hace un tiempo me obligo a hacer algo que antes ocurría de forma natural. Salir con una cámara pequeña, sin objetivos de prueba, sin pensar en contenido, sin calcular si esa imagen funcionará mejor en horizontal o en vertical. Salir, simplemente, a caminar y mirar.
Curiosamente, durante los primeros minutos mi cabeza sigue trabajando. Busco titulares, ideas para vídeos o posibles publicaciones. Pero poco a poco todo eso desaparece. Empiezo otra vez a mirar la luz, las sombras o las personas. Empiezo a fotografiar sin preguntarme para qué. Y entonces recuerdo que hubo una época en la que esa era exactamente la única razón por la que hacía fotos.
La fotografía no se pierde de un día para otro
No creo que nadie deje de ser fotógrafo porque empiece a cobrar por su trabajo. Lo peligroso es otra cosa. Es olvidarse de reservar un pequeño espacio donde la fotografía siga siendo únicamente eso: fotografía. Sin métricas, sin plazos y sin ninguna expectativa más allá del placer de hacer una imagen.
De vez en cuando intento hacerme una pregunta muy sencilla. No cuánto ha crecido la web. No cuántas visitas ha tenido el último artículo. Ni siquiera cuántas colaboraciones han salido este mes. Me pregunto cuándo fue la última vez que cogí una cámara sin tener absolutamente ningún motivo para hacerlo. Y, cada vez que la respuesta tarda demasiado en llegar, sé que ha llegado el momento de salir otra vez a fotografiar. Porque, al final, vivir de la fotografía nunca debería significar dejar de disfrutarla.
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.