El fotógrafo atrapado en su propio estilo

por Pedro Gamo

Hay algo bastante seductor en sentir que, por fin, has encontrado una manera propia de fotografiar. Después de años probando cosas, copiando referencias, disparando demasiado y descartando todavía más, aparece cierta sensación de estabilidad. Ya sabes qué focal te gusta, qué luz buscas, cómo editas y qué imágenes reconoces rápidamente como tuyas. En fotografía eso suele traducirse en una frase que casi siempre suena bien: “creo que ya he encontrado mi estilo”.

El problema es que el estilo tiene una trampa bastante silenciosa. A veces aparece porque realmente has encontrado una mirada personal. Otras veces llega porque llevas demasiado tiempo resolviendo las fotos de la misma manera y el cerebro, que adora ahorrar energía, empieza a convertir decisiones creativas en costumbre. No suele ocurrir de golpe ni se anuncia con fuegos artificiales. Simplemente un día descubres que tus últimas cien fotos son coherentes, sí, pero también sospechosamente parecidas.

Y esto no lo digo desde ningún pedestal. Me parece una de esas trampas en las que termina cayendo cualquiera que lleve tiempo haciendo fotos, sobre todo cuando algo empieza a funcionar razonablemente bien.

El momento en que fotografiar deja de sorprenderte

Hay un instante bastante extraño que suele pasar desapercibido: sigues haciendo fotos, técnicamente todo parece correcto, las imágenes mantienen cierto nivel y hasta encajan bien dentro de eso que llamas “tu estilo”, pero empiezas a notar algo raro. Fotografiar ya no se siente exactamente igual.

Muchas veces no es aburrimiento. Es previsibilidad. Sales con la cámara sabiendo demasiado bien lo que va a pasar. Levantas el visor y casi puedes imaginar la foto terminada antes de disparar. Sabes cómo la editarás, qué tonos tendrá y hasta cuál será el encuadre que probablemente funcione. La experiencia empieza a parecer menos exploración y más confirmación de algo que ya habías decidido previamente.

Y ahí aparece un problema del que se habla poco: confundimos control con crecimiento.

Es verdad que dominar ciertas herramientas y tener seguridad visual ayuda muchísimo. Pero cuando desaparece casi por completo la posibilidad de equivocarte o sorprenderte, algo empieza a perder tensión. Parte de lo que hace tan adictiva la fotografía tiene que ver precisamente con no saber del todo qué ocurrirá. Con encontrar algo inesperado, con salir a buscar una imagen y volver con otra distinta o con descubrir que una fotografía funciona justo por algo que no habías previsto.

Cuando todo empieza a sentirse demasiado seguro, el riesgo creativo baja muchísimo. Y con él, muchas veces también la curiosidad.

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La obsesión moderna por tener un estilo propio reconocible

Internet tampoco ayuda demasiado. Llevamos años escuchando que un fotógrafo tiene que ser reconocible, coherente y visualmente consistente. Que el feed debe respirar una estética clara, que alguien debería identificar tus fotos en pocos segundos y que desviarte demasiado de una línea visual casi equivale a perder personalidad.

Hasta cierto punto lo entiendo. Si trabajas comercialmente o construyes una marca personal, cierta coherencia tiene sentido. El problema aparece cuando esa coherencia deja de ser una herramienta y empieza a comportarse como una obligación.

Porque una cosa es tener mirada y otra repetir una fórmula una y otra vez.

Un fotógrafo con mirada puede cambiar de tema, de distancia focal, de color, de blanco y negro o incluso de lenguaje visual y seguir transmitiendo algo reconocible. Hay una forma de mirar que permanece aunque cambien las herramientas. En cambio, cuando todo depende de repetir siempre el mismo esquema visual, quizá no estamos viendo tanto un estilo como una costumbre muy bien entrenada.

Y eso resulta bastante más peligroso de lo que parece, porque la repetición suele disfrazarse de identidad con muchísima facilidad.

Si siempre disparas igual, quizá el problema no sea creativo

Por eso me resultan interesantes ciertas ideas o cámaras que rompen inercias, incluso cuando técnicamente no parecen revolucionarias.

La Fujifilm X Half me parece un ejemplo curioso. No porque el formato vertical sea nuevo , obviamente no lo es,  sino porque obliga a mirar distinto. Cambia el ritmo del encuadre, altera automatismos y te fuerza ligeramente a salir de ciertos patrones visuales que dabas por hechos.

No hace falta comprar una para entender la idea. Lo importante es recordar algo bastante sencillo: muchas veces el problema creativo no se arregla comprando equipo nuevo, sino cambiando hábitos.

Disparar durante un tiempo algo que normalmente ignoras, salir sin plan, cambiar una focal fija, limitarte voluntariamente o incluso fotografiar sin pensar si eso encajará en Instagram suelen parecer ejercicios pequeños, pero introducen algo muy valioso: fricción. Y esa pequeña incomodidad tiene bastante poder, porque obliga al ojo a volver a trabajar en vez de limitarse a ejecutar.

El problema no es tener estilo: es vivir atrapado dentro

No creo demasiado en esa obsesión por reinventarse constantemente ni me parece necesario vivir cada salida fotográfica como una crisis artística. Tampoco hay nada malo en construir una voz reconocible o en desarrollar ciertas constantes visuales. El problema aparece cuando esa voz deja de evolucionar y se convierte simplemente en un sitio demasiado cómodo donde quedarse.

Quizá una pregunta útil de vez en cuando sea bastante menos dramática de lo que parece: cuánto tiempo hace que una foto propia consigue sorprenderte un poco.

No una imagen que funcione bien ni una que encaje perfectamente dentro de tu estilo. Tampoco una foto que reciba aplausos rápidos o likes previsibles. Una imagen que te haga detenerte unos segundos porque hay algo en ella que no esperabas del todo.

Porque muchas veces el problema no aparece mientras buscas un estilo. Empieza justo después, cuando lo encuentras y te instalas dentro con tanta tranquilidad que acabas confundiendo identidad con repetición.

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