El fotógrafo que necesita palmeros termina haciendo fotos para idiotas

por Pedro Gamo

Cuando enseñar fotos servía para algo más que alimentar el ego.

Hubo un momento en el que enseñar fotografías daba bastante respeto. No porque la gente fuera más cruel, sino porque todavía existía la sensación de que alguien podía mirar una imagen con atención y decirte algo útil. A veces dolía escucharlo, claro. Nadie disfruta descubriendo que esa foto que consideraba espectacular en realidad tenía una composición floja, una edición exagerada o una idea bastante vacía detrás. Pero precisamente ahí estaba parte del aprendizaje.

Ahora la sensación es muy distinta. Da igual lo que publiques. Siempre aparece alguien diciendo que es increíble. Y no porque la fotografía lo sea necesariamente, sino porque las redes se han convertido en un intercambio constante de validación automática. Tú me aplaudes y yo te aplaudo. Tú me comentas “obra maestra” y yo te devuelvo un “qué mirada tienes”. Todo el mundo sale contento y nadie tiene que pasar por el incómodo trámite de ser honesto.

El problema es que, después de años funcionando así, hay fotógrafos que han terminado confundiendo palmeros con criterio. Creen que están creciendo porque reciben muchos halagos, cuando en realidad llevan muchísimo tiempo atrapados exactamente en el mismo sitio.

Canon EOS R6 Mark III
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Rodearte de palmeros es la forma más rápida de dejar de evolucionar

Hay algo bastante peligroso en escuchar únicamente opiniones positivas. Al principio resulta agradable. Sientes que las fotos funcionan, que la gente conecta con lo que haces y que todo va en la dirección correcta. Pero poco a poco ocurre algo peor: desaparece cualquier capacidad de autocrítica.

Cuando todo lo que recibes son aplausos, empiezas a asumir que cualquier cosa que produces tiene valor simplemente porque alguien la celebra. Y las redes están llenas de fotógrafos atrapados justo ahí. Personas que llevan años publicando las mismas imágenes, utilizando exactamente los mismos recursos visuales y cometiendo los mismos errores técnicos, pero convencidas de que han desarrollado un “estilo”.

Muchas veces ni siquiera hay mala intención detrás. Los palmeros no suelen pensar que están perjudicando a nadie. Creen que están apoyando, motivando o siendo buena gente. El problema es que una fotografía no mejora porque diez personas escriban “brutal” debajo. Y un fotógrafo tampoco evoluciona rodeándose exclusivamente de gente incapaz de señalarle un fallo.

Lo peor es que cuanto más tiempo pasa alguien dentro de ese ecosistema, más difícil se vuelve aceptar cualquier crítica real. Llega un punto en el que cualquier observación mínimamente incómoda se interpreta como un ataque personal. Porque cuando te acostumbras a vivir dentro del aplauso permanente, la honestidad empieza a sonar agresiva.

Las redes han premiado más la reacción que la fotografía

Buena parte de este problema nace de cómo consumimos imágenes ahora. La mayoría de fotos ya no se observan. Se escanean. Todo ocurre demasiado rápido y el impacto inmediato vale más que cualquier otra cosa.

Eso ha provocado que muchos fotógrafos empiecen a disparar pensando únicamente en generar reacción. Ya no buscan construir imágenes que resistan una mirada larga o que tengan algo detrás. Lo importante es detener el dedo durante dos segundos mientras alguien hace scroll.

Por eso cada vez hay más ediciones exageradas, colores imposibles, cielos radiactivos y fotografías diseñadas casi como miniaturas de YouTube. Todo tiene que llamar la atención al instante. Y claro, cuando encima tienes alrededor un grupo de personas celebrando cualquier exceso como si fuera una revolución visual, es fácil terminar creyendo que esa es la dirección correcta.

El problema es que la fotografía que solo funciona a golpe de impacto suele agotarse rapidísimo. Dura lo mismo que tarda en llegar la siguiente imagen efectista.

El fotógrafo que solo busca aplausos acaba haciendo fotos previsibles

Hay una consecuencia bastante evidente en todo esto: cuando un fotógrafo empieza a depender demasiado de la validación inmediata, deja de arriesgar.

Repite fórmulas porque sabe que funcionan. Utiliza siempre el mismo tipo de edición, los mismos encuadres y hasta los mismos mensajes. No porque sea coherente visualmente, sino porque descubre qué genera aplausos rápidos y se queda atrapado ahí. Y eso acaba matando cualquier evolución real.

Las mejores etapas de aprendizaje casi siempre nacen de momentos incómodos. Revisar fotos y darte cuenta de que no eran tan buenas como pensabas. Aceptar críticas que fastidian un poco. Tener alrededor gente capaz de decirte la verdad aunque no sea agradable escucharla.

Porque hay algo bastante simple que muchos han olvidado: un buen amigo no es el que te dice que todo lo que haces es increíble. Un buen amigo es el que evita que sigas haciendo durante cinco años la misma foto disfrazada de “estilo personal”.

La vez que decir la verdad me hizo ganar un amigo

Hace muchos años estaba metido en un foro de fotografía bastante conocido. De esos donde todavía la gente subía sesiones completas, hablaba de técnica durante páginas enteras y algunos fotógrafos profesionales enseñaban trabajos reales de bodas, retrato o prensa. Había bastante postureo, claro, pero también cierta sensación de comunidad.

Recuerdo perfectamente uno de aquellos hilos. Un fotógrafo bastante conocido dentro del foro iba subiendo imágenes de su trabajo diario y la reacción era siempre la misma: páginas y páginas de gente diciendo que todo era espectacular. “Qué luz”, “qué mirada”, “qué momentazo”, “eres un referente”. El repertorio habitual.

Y yo miraba las fotos pensando algo bastante simple: estas fotos son malas.

Así que un día lo dije. Sin montar un circo ni hacerme el tipo duro de internet. Simplemente expliqué por qué creía que muchas de aquellas fotos no funcionaban tan bien como la gente decía. Recuerdo incluso cierto silencio incómodo después, porque claro, en ese tipo de sitios romper el aplauso colectivo casi parecía una falta de respeto.

Lo curioso es lo que pasó después. Con el tiempo terminé teniendo cierta relación de amistad con aquel fotógrafo. Y años más tarde, hablando con total normalidad, él mismo me reconoció algo que me dejó bastante marcado: “La verdad es que aquellas fotos eran más malas que el hambre”. Y tenía razón.

El problema nunca fueron esas fotos. El problema era que nadie se lo decía. Porque es muchísimo más cómodo actuar como palmero profesional que arriesgarse a incomodar a alguien. Mucha gente prefiere quedar bien antes que aportar una opinión honesta. Sobre todo en fotografía, donde parece que cualquier crítica automáticamente te convierte en un amargado o en alguien “con envidia”.

Pero precisamente aquella conversación me confirmó algo que sigo pensando hoy: una crítica honesta vale muchísimo más que cien comentarios vacíos diciendo que todo es increíble.

Porque los fotógrafos que realmente evolucionan no son los que buscan aplausos constantes. Son los que todavía conservan la capacidad de escuchar algo incómodo sin romperse por dentro.

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