La mejor foto de comida del año no solo da hambre

por Pedro Gamo

Los World Food Photography Awards 2026 ya tienen ganadores y, siendo honestos, me han recordado algo que llevamos bastante tiempo olvidando. La mejor fotografía gastronómica casi nunca trata realmente sobre comida. O al menos no solo sobre comida.

Vivimos rodeados de fotos de platos. Muchísimas. Más de las que probablemente la humanidad necesitaba producir. Hamburguesas con queso derritiéndose en cámara lenta, cafés fotografiados como si fueran un ritual espiritual, brunches con aguacate colocados milimétricamente y restaurantes donde parece obligatorio iluminar el plato antes que la conversación. La fotografía gastronómica, al menos la que internet ha decidido normalizar, lleva tiempo obsesionada con que todo parezca apetecible, limpio y ligeramente aspiracional.

Por eso me ha gustado tanto ver la imagen ganadora de los World Food Photography Awards 2026. Porque no parece una foto diseñada para darte hambre. Tampoco parece un anuncio, ni una postal gourmet, ni una portada de revista empeñada en convencerte de reservar mesa cuanto antes. Parece otra cosa bastante más difícil de conseguir: una fotografía con vida dentro.

Si, ahí está el pequeño bofetón silencioso que este concurso le acaba dando a buena parte de la fotografía gastronómica contemporánea.

Jo Kearney / World Food Photography Awards

La foto ganadora habla de una mujer, no del desayuno

La imagen vencedora, tomada por la fotógrafa británica Jo Kearney, muestra a una mujer mayor sirviéndose té en un sanatorio soviético de Tayikistán. Sobre la mesa hay fruta, pan, una tetera roja y un desayuno sencillo. Al fondo, una ventana deja ver un paisaje seco, áspero, casi detenido en el tiempo.

Podríamos hablar de composición, color o narrativa visual, porque técnicamente funciona muy bien. Pero sinceramente, lo primero que pasa al verla no tiene demasiado que ver con técnica.

La foto emociona. Y emociona porque uno siente que está entrando durante unos segundos en una vida ajena. La mujer no posa. No parece consciente de estar construyendo una imagen “bonita”. Hay algo de cansancio, de dignidad y de rutina tranquila en ese gesto de servirse té que hace que la comida casi termine siendo secundaria. El desayuno no es el sujeto real de la fotografía: es el escenario emocional de alguien.

Eso me parece bastante revelador. Porque si esta hubiese sido una foto pensada para Instagram probablemente el encuadre habría acabado muchísimo más cerca del plato, el té tendría vapor exageradamente cinematográfico y alguien habría subido la saturación de los rojos hasta parecer una campaña de yogures premium.

Aquí, en cambio, lo importante no es lo que come. Es quién está ahí. Y curiosamente eso hace que la comida importe mucho más.

Marco Rutten / World Food Photography Awards

La fotografía gastronómica se ha llenado de comida… y se ha vaciado un poco de vida

Mirando muchas de las fotos premiadas este año aparece algo curioso: pescadores trabajando al amanecer, mercados abarrotados, pan recién hecho tocado por un niño, cocineras descansando, agricultores cubiertos de polvo, cocinas pequeñas, mesas familiares, trabajadores agotados, manos sirviendo platos.

Hay comida, sí. Muchísima. Pero sobre todo hay personas. Eso quizá sea lo que más me gusta de este concurso: recuerda algo que internet parece haber olvidado. Comer nunca fue solo comer.

La comida habla de familia, de pobreza, de rutina, de identidad, de cansancio, de fiesta, de supervivencia, de memoria y de cariño. Una sopa puede contar una vida entera si aparece en el lugar adecuado y frente a la persona adecuada.

Sin embargo, buena parte de la fotografía gastronómica que consumimos hoy parece haberse quedado atrapada en un lenguaje bastante repetitivo: plato bonito, fondo difuminado, luces cálidas, ángulo perfecto y esa sensación permanente de estar viendo comida diseñada para gustar antes que comida real. Y claro, eso termina volviendo todo ligeramente parecido.

No es que esas imágenes estén mal. Muchas están muy bien hechas. El problema aparece cuando toda la fotografía gastronómica empieza a parecer un catálogo infinito de cosas apetecibles pero emocionalmente vacías.

Uno mira el plato. Hace scroll. Sigue con su vida. Las imágenes de este concurso hacen algo distinto: te obligan a quedarte un rato más.

Lehóczki Balázs / World Food Photography Awards
Daniel D Kwak / World Food Photography Awards

Quizá fotografiar comida nunca fue realmente fotografiar comida

Cuanto más veía las fotos ganadoras de los World Food Photography Awards 2026, más me daba la sensación de que el nombre del concurso casi se queda corto.

Porque muchas de estas imágenes hablan bastante poco de gastronomía y muchísimo de humanidad.

Hablan de gente esperando el pan, de mercados improvisados, de cocinas humildes, de celebraciones, de trabajo físico, de rituales familiares y de gestos mínimos que uno reconoce aunque nunca haya estado en ese país ni haya probado esa comida.

Al final, todos entendemos una mesa. Todos entendemos a alguien cocinando para otros. Todos entendemos ese gesto de compartir algo caliente, de preparar café, de partir pan, de esperar juntos o incluso de comer solos.

Quizá por eso estas fotografías funcionan tan bien. Porque la comida aquí no aparece como producto, sino como lenguaje.

Y honestamente, después de años viendo redes sociales convertidas en una competición extraña por fotografiar tostadas con más personalidad que algunas personas, se agradece bastante recordar que una fotografía de comida todavía puede contar algo más importante que el menú.

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