Este verano tampoco vas a hacer las fotos que llevas meses prometiéndote

por Pedro Gamo

Todos los veranos nos contamos exactamente la misma película. Este año sí. Este verano voy a salir más con la cámara. Voy a madrugar. Voy a recorrer ese pueblo al amanecer. Voy a perderme por calles desconocidas. Incluso llegamos a limpiar el equipo con una ilusión que no aparece el resto del año. Da igual que lleve meses criando polvo en una estantería. En julio, de repente, vuelve a parecernos imprescindible.

Lo divertido es que el ritual siempre acaba igual. La cámara viaja. Tú no. Pasan los días y descubres que has dedicado más tiempo a buscar restaurantes, mirar el móvil o decidir dónde tomar la siguiente cerveza que a buscar una fotografía. Y cuando las vacaciones terminan, vuelves convencido de que el problema era el destino. Nunca tú.

No necesitas otra cámara. Necesitas menos excusas.

Nos encanta pensar que haríamos fotografías increíbles si tuviéramos un viaje más espectacular, un objetivo mejor o una cámara recién salida de la caja. Es una excusa fantástica porque desplaza toda la responsabilidad al equipo. Así nunca tenemos que reconocer que llevamos tres días levantándonos a las diez y media.

La realidad suele ser bastante menos glamurosa. Las buenas fotografías aparecen cuando haces cosas que casi nunca apetecen: madrugar, caminar sin rumbo, volver dos veces al mismo sitio o esperar media hora para que cambie la luz. Eso es bastante menos emocionante que ver la presentación de la próxima cámara en YouTube, pero curiosamente suele funcionar mucho mejor.

Párate un momento

Igual ha llegado el momento de dejar de mentirte.

Llevas años diciendo que lo único que necesitas es un poco de tiempo para volver a disfrutar de la fotografía. Pero cuando ese tiempo por fin aparece, haces exactamente lo mismo que el resto del año: mirar el móvil, ver las fotos de otros y convencerte de que mañana sí saldrás con la cámara. Quizá el problema nunca fue el trabajo, ni la falta de tiempo, ni la familia. Quizá el problema es que las excusas ya forman parte de tu rutina.

Pasas más tiempo viendo fotógrafos que siendo fotógrafo.

Aquí está el cambio que casi nadie quiere reconocer. Antes, cuando te apetecía fotografía, cogías la cámara. Ahora abres Instagram. Ves veinte reels, guardas tres publicaciones, comentas que “vaya fotón” y te convences de que sigues conectado con esta afición.

No lo estás. Estás entretenido. Hay una diferencia enorme. Consumir fotografía produce una sensación muy parecida a practicarla, pero es una ilusión bastante barata. Mientras tú llevas cuarenta minutos viendo cómo otro fotografía un amanecer espectacular, el amanecer que tenías delante acaba de desaparecer sin que hayas sacado la cámara de la mochila.

Llevas todo el año diciendo que necesitabas tiempo. Era mentira.

Durante meses has repetido la misma cantinela. Que no haces fotos porque no tienes tiempo. Que el trabajo te está devorando. Que necesitas desconectar del móvil. Que estás agotado. Que cuando lleguen las vacaciones volverás a disfrutar de la fotografía como antes. Es un discurso precioso. Casi convincente. El problema es que llega agosto y descubres que el tiempo nunca fue el problema.

Porque ahí estás. Tumbado en una playa abarrotada, con la toalla de una familia a un metro, tres niños pegando gritos desde las nueve de la mañana y el móvil otra vez en la mano. No porque no exista una alternativa. La cámara está en el apartamento. O en el maletero del coche. O dentro de la mochila. Simplemente has decidido que es más cómodo seguir deslizando el dedo que levantarte a buscar una fotografía. No es falta de tiempo. Es pura dejadez.

Y lo peor es que volverás a contarte la misma mentira. En septiembre dirás que las vacaciones se pasaron volando. En octubre que la rutina no te deja respirar. En enero escribirás en una libreta que este año sí vas a salir más con la cámara. Mientras tanto seguirán pasando los años con una velocidad bastante desagradable.

Se cae el pelo, aparecen arrugas donde antes no había nada, empiezas a levantarte del sofá haciendo ruidos que hace una década te parecían cosa de tus padres y un día descubres que llevas media vida esperando el momento perfecto para disfrutar de la fotografía. Lo curioso es que ese momento llevaba meses delante de ti. Tú estabas demasiado ocupado mirando una pantalla viendo las fotos de los demás.

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