Hubo una época en la que parecía imposible fabricar un objetivo de calidad sin que pesara cerca de un kilo. Si era luminoso, tenía que ser enorme. Si estaba bien construido, debía costar una pequeña fortuna. Y si además llevaba la palabra “premium” en la nota de prensa, ya teníamos el bingo completo.
El Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary llegó para demostrar que todo eso eran, en gran parte, manías de la industria. Forma parte de la Serie I de Sigma, una familia de objetivos que apuesta por recuperar algo que muchos fotógrafos echábamos de menos: cuerpos compactos, construcción metálica de verdad y una experiencia de uso que recuerda a cuando las cámaras y los objetivos se diseñaban para durar muchos años, no hasta la siguiente renovación de catálogo.
No es un objetivo perfecto. Tiene algunos compromisos que iremos viendo a lo largo de este análisis. Pero después de utilizarlo durante bastante tiempo tengo claro que es uno de esos objetivos que consiguen algo mucho más importante que una ficha técnica espectacular: hacen que apetezca salir a fotografiar. Y eso, aunque muchas marcas parezcan haberlo olvidado, sigue siendo una de las mejores virtudes que puede tener un objetivo.
Compacto, metálico y con una focal que se sale del aburrido catálogo de siempre. Un objetivo de esos que terminan pasando más tiempo montados en la cámara que guardados en la mochila.
Análisis del diseño y características del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
La Serie I de Sigma nació con una idea bastante sencilla sobre el papel, pero sorprendentemente poco habitual en el mercado: fabricar objetivos pequeños, muy bien construidos y con una calidad óptica capaz de satisfacer incluso a fotógrafos exigentes. No pretendía competir directamente con la gama ART ni convertirse en la colección de objetivos más luminosa del mercado. Su objetivo era mucho más inteligente: ofrecer un equilibrio que cada vez cuesta más encontrar.
Y este Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary probablemente sea uno de los mejores ejemplos de esa filosofía.
Lo primero que llama la atención nada más sacarlo de la caja no es su calidad óptica. Es su construcción. Todo el objetivo está fabricado en metal: el barrilete, los anillos, la bayoneta e incluso el parasol. Sí, el parasol. Algo que parece una extravagancia en una época donde algunos fabricantes venden objetivos de más de dos mil euros acompañados de piezas de plástico que parecen sacadas de un juguete infantil.
La sensación en la mano es fantástica. Transmite robustez sin resultar excesivamente pesado, con unos 405 gramos que permiten llevarlo montado durante toda una jornada sin terminar con el cuello pidiendo la baja laboral. Es uno de esos objetivos que invitan a salir únicamente con la cámara y una única focal, disfrutando de fotografiar sin pensar demasiado en el equipo.
En su interior encontramos una construcción óptica formada por 12 elementos distribuidos en 9 grupos, diseñada específicamente para cámaras sin espejo de formato completo con montura Sony E y montura L. Sobre el papel no pretende impresionar con cifras imposibles, pero durante la prueba queda claro que Sigma ha sabido dónde invertir cada uno de esos elementos.
La focal de 65 mm también merece una mención especial. No es un clásico 50 mm ni llega a convertirse en un 85 mm para retrato. Se queda justo en ese punto intermedio que muchos descubren por casualidad y después ya no quieren abandonar. Resulta tremendamente versátil para fotografía urbana, retrato ambiental, viajes o incluso fotografía cotidiana, ofreciendo una perspectiva muy natural y una separación del sujeto especialmente agradable.
Un sellado que deja sensaciones encontradas
Hay fabricantes que hablan del sellado como si fuera un simple argumento comercial. Y luego están los fotógrafos, que descubrimos su importancia el día que empieza a llover en mitad de una sesión y no tenemos una cafetería cerca donde refugiarnos.
Sigma ha decidido proteger este 65mm únicamente mediante una junta de goma situada en la bayoneta. Es mejor que no tener absolutamente nada, pero está bastante lejos de lo que hoy entendemos por un objetivo completamente sellado frente al polvo y la humedad.
Y esto no lo digo porque aparezca en una ficha técnica. Lo digo porque durante nuestra prueba nos ocurrió exactamente lo que esperas que nunca suceda.
Mientras fotografiábamos en una playa del norte de España comenzó a caer una lluvia intensa. No fue una tormenta de varias horas, sino uno de esos chaparrones repentinos que aparecen cuando menos los esperas. El objetivo siguió funcionando sin problemas, pero aproximadamente una hora después apareció condensación en el interior de la lente. No llegó a producir daños permanentes y desapareció tras un par de horas, aunque fue suficiente para demostrar que la protección frente a la humedad tiene sus límites.
No significa que sea un objetivo delicado. Ni mucho menos. Su construcción transmite una robustez sobresaliente y probablemente aguante mejor el paso del tiempo que muchos objetivos actuales fabricados casi por completo en plástico. Pero una cosa es la calidad de construcción y otra muy distinta el nivel de sellado.
Personalmente creo que Sigma perdió aquí una oportunidad magnífica. Si la Serie I pretende posicionarse como una gama premium compacta, un sellado completo habría terminado de redondear un conjunto que ya roza un nivel altísimo.
Es uno de esos detalles que probablemente nunca notarás si fotografías siempre en ciudad o con buen tiempo. Pero si acostumbras a salir al monte, a la costa o simplemente no recoges el equipo cada vez que aparecen cuatro gotas, conviene conocer esta limitación antes de comprarlo. Porque el mejor sellado es el que nunca necesitas… hasta el día en que lo necesitas de verdad.
Compacto, metálico y con una focal que se sale del aburrido catálogo de siempre. Un objetivo de esos que terminan pasando más tiempo montados en la cámara que guardados en la mochila.
Ergonomía y manejo del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
Si tuviera que resumir la experiencia de uso de este Sigma 65mm en una sola frase sería bastante sencilla: es uno de esos objetivos que apetece utilizar. Y parece una tontería, pero no lo es. Hay objetivos espectaculares sobre el papel que acaban pasando más tiempo en la mochila que montados en la cámara. Con este ocurre justo lo contrario.
La distribución de controles es muy sencilla. Sigma ha huido de añadir interruptores porque sí y ha dejado únicamente lo realmente necesario. Encontramos el clásico selector para cambiar entre enfoque automático y manual, sin botones programables ni funciones que la mayoría termina utilizando una vez al año. Una decisión que, sinceramente, me parece acertada.
Donde sí ha acertado de lleno es en el anillo de diafragma.
Sé que todavía hay quien piensa que es un simple guiño nostálgico para fotógrafos con barba, camisa de franela y obsesión por el carrete. Pero basta utilizarlo durante unos días para entender por qué cada vez más usuarios lo reclaman. Poder modificar la apertura directamente desde el objetivo resulta mucho más natural, más rápido y, sobre todo, hace que la experiencia de fotografiar sea bastante más agradable.
A pesar de ser uno de los objetivos de mayor tamaño dentro de la Serie I, sigue siendo extraordinariamente compacto para tratarse de un 65 mm f/2. En ningún momento transmite sensación de conjunto descompensado, ni siquiera montado sobre cuerpos relativamente pequeños como una Sony A7C II o una Panasonic Lumix S9. Todo queda perfectamente equilibrado y el conjunto invita a fotografiar durante horas sin terminar con la muñeca protestando.
Otro aspecto que me ha gustado especialmente es el tacto de todos sus anillos. Tanto el de enfoque como el de diafragma ofrecen una resistencia muy bien calibrada. No son excesivamente duros, pero tampoco tienen esa suavidad artificial que acaba provocando cambios accidentales mientras transportas la cámara.
Y luego está algo de lo que casi nunca se habla: las sensaciones.
Puede parecer una cuestión menor, pero no lo es. Estamos acostumbrándonos demasiado a objetivos que cumplen técnicamente, pero transmiten muy poco. Plásticos por todas partes, acabados correctos sin más y una construcción que da exactamente la misma sensación en un objetivo de 400 euros que en otro de 2.000.
Con este Sigma sucede justo lo contrario. Desde el primer momento notas que estás sujetando un producto muy bien construido. El metal, el mecanizado de los anillos, el clic del diafragma o incluso el propio parasol transmiten una sensación de calidad que hoy empieza a ser más una excepción que una norma.
Y, sinceramente, cuesta entender por qué otros fabricantes siguen reservando este nivel de acabados para objetivos que duplican —o incluso triplican— su precio. Porque una cosa es ahorrar costes… y otra muy distinta convencer al usuario de que el plástico es un lujo.
Velocidad de enfoque del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
No todo objetivo necesita enfocar como un teleobjetivo profesional destinado a cubrir unos Juegos Olímpicos. Y, sinceramente, creo que a veces nos hemos obsesionado demasiado con medir la velocidad del autofocus en milisegundos cuando la mayoría de fotógrafos jamás van a ponerlo en una situación tan extrema.
El Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary utiliza un motor paso a paso (STM) que ofrece un rendimiento muy equilibrado. No es el objetivo más rápido que puedes montar en una Sony o una Lumix, pero tampoco pretende serlo. Su filosofía es otra: ofrecer un enfoque preciso, silencioso y suficientemente ágil para prácticamente cualquier situación cotidiana.
Durante las semanas que lo estuvimos utilizando el comportamiento fue exactamente el que esperaba de un objetivo de esta categoría. En retrato, fotografía urbana, viajes o escenas del día a día el enfoque responde con rapidez y apenas genera dudas. La adquisición del sujeto es inmediata y la transición entre distintas distancias resulta muy fluida.
Montado sobre cuerpos modernos como la Sony A7 V, el objetivo aprovecha todas las funciones de seguimiento y reconocimiento del sistema de enfoque. Detección de personas, animales o aves funcionan exactamente igual que con otras ópticas compatibles, sin limitaciones extrañas ni comportamientos inesperados.
De hecho, una de las pruebas que solemos repetir con bastante frecuencia consiste en fotografiar a Max, nuestro inseparable Border Collie. Quien haya intentado seguir a un perro corriendo hacia la cámara sabe perfectamente que no es precisamente el escenario más sencillo para cualquier sistema de enfoque.
Pues bien, el Sigma respondió realmente bien. Incluso disparando ráfagas largas, el porcentaje de fotografías perfectamente enfocadas fue muy alto. No alcanza el nivel de objetivos deportivos equipados con motores lineales de última generación, pero tampoco juega en esa liga ni cuesta lo mismo. Y es importante no exigirle lo que nunca ha prometido ofrecer.
También me ha gustado especialmente su funcionamiento durante la grabación de vídeo. El motor STM realiza las transiciones de enfoque con bastante suavidad y, sobre todo, sin producir esos cambios bruscos que pueden arruinar una toma. Además, el funcionamiento es prácticamente silencioso, algo que siempre se agradece cuando utilizamos el micrófono integrado de la cámara o trabajamos en entornos tranquilos.
En definitiva, el autofocus cumple exactamente con lo que se espera de un objetivo de este tipo. No presume de cifras espectaculares para vender titulares, pero responde con solvencia allí donde realmente importa. Y, al final, prefiero un sistema de enfoque consistente que uno capaz de batir récords de velocidad… siempre que el sujeto tenga la amabilidad de quedarse completamente quieto.
Compacto, metálico y con una focal que se sale del aburrido catálogo de siempre. Un objetivo de esos que terminan pasando más tiempo montados en la cámara que guardados en la mochila.
Análisis de calidad de imagen del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
La Serie I de Sigma nació con una idea muy clara: acercarse lo máximo posible a la calidad óptica de la gama ART, pero en un formato mucho más compacto y agradable de utilizar. Evidentemente, para conseguirlo había que aceptar algunos compromisos. La pregunta es si esos compromisos afectan realmente a la experiencia fotográfica.
Después de analizar cientos de fotografías realizadas con este 65 mm, la respuesta es bastante sencilla: mucho menos de lo que podrías imaginar.
Porque más allá de los gráficos MTF, las curvas de laboratorio y las comparativas al 400 %, este es uno de esos objetivos que simplemente producen imágenes muy agradables de ver. Tiene un contraste excelente, un color muy equilibrado y una forma de separar al sujeto del fondo que hace que las fotografías tengan bastante personalidad incluso antes de empezar el revelado.
No alcanza el nivel absolutamente quirúrgico de algunos Sigma ART, pero tampoco creo que sea esa la intención. Este objetivo busca un equilibrio mucho más inteligente entre rendimiento óptico, tamaño y experiencia de uso. Y, sinceramente, lo consigue con bastante solvencia.
Nitidez del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
Una de las manías que tengo cuando analizo un objetivo es comprobar cómo se comporta exactamente donde más suele utilizarse. Porque resulta muy fácil presumir de una nitidez espectacular a f/8. Lo complicado es ofrecer un gran rendimiento cuando abrimos completamente el diafragma.
Y este Sigma sale bastante bien parado.
Nitidez a f/2
La máxima apertura ya ofrece un nivel de detalle realmente elevado. El centro de la imagen aparece muy definido, con un contraste excelente y una reproducción del color muy rica. No llega al nivel casi absoluto que encontramos en algunos objetivos mucho más caros de la gama ART, pero la diferencia es bastante menor de lo que podría esperarse viendo el tamaño del objetivo.
Si observamos la imagen con mucho detenimiento sí puede apreciarse un pequeño margen de mejora en el centro. No es falta de resolución, sino un ligero descenso del microcontraste que desaparece prácticamente por completo al cerrar apenas un paso el diafragma.
Los bordes mantienen también un comportamiento muy bueno desde f/2, aunque aquí sí existe una diferencia algo más evidente respecto al centro. La pérdida de contraste y definición está presente, pero nunca llega a un nivel que pueda calificarse de preocupante. En fotografía real resulta bastante difícil apreciarlo salvo que trabajemos con escenas especialmente exigentes.
Lo mejor es que nunca tienes la sensación de estar utilizando un objetivo “blando” a máxima apertura. Puedes disparar tranquilamente a f/2 sabiendo que el rendimiento sigue siendo perfectamente aprovechable.
Nitidez a f/2.8
Es al cerrar únicamente un paso cuando el Sigma demuestra todo el potencial que escondía.
El centro de la imagen alcanza un nivel de nitidez sobresaliente, acompañado de un aumento muy evidente del contraste y de esa sensación de limpieza que tanto gusta cuando ampliamos las fotografías al cien por cien. A partir de aquí las mejoras son ya bastante pequeñas, por lo que podría decirse que el objetivo alcanza prácticamente su punto óptimo de rendimiento.
Los bordes también experimentan una mejora muy clara. La definición aumenta, el contraste se iguala mucho más al del centro y la imagen adquiere una uniformidad muy difícil de reprochar. Cerrando hasta f/4 prácticamente desaparecen las diferencias entre ambas zonas del encuadre.
Y aquí es donde vuelve a aparecer la eterna pregunta. ¿Compensa cerrar el diafragma? Sí… y no.
Si buscas la máxima nitidez posible para paisaje o arquitectura, evidentemente sí merece la pena trabajar entre f/2.8 y f/4. Pero si el motivo de comprar un 65 mm f/2 es precisamente disfrutar de esa profundidad de campo reducida y del carácter que ofrece a máxima apertura, personalmente seguiría disparando a f/2 siempre que la fotografía lo permita.
Porque al final un objetivo no se compra únicamente para obtener la máxima resolución posible. También se compra por cómo dibuja las imágenes. Y ahí este Sigma tiene bastante más personalidad de la que muchos gráficos de laboratorio son capaces de enseñar.
Rendimiento óptico y correcciones
La nitidez suele llevarse todo el protagonismo cuando se analiza un objetivo. Es lógico: es fácil de comparar, fácil de medir y todavía hay quien cree que una buena fotografía depende exclusivamente de cuántos píxeles resuelve una lente. La realidad, afortunadamente, es bastante más compleja.
Hay otros aspectos que terminan marcando la diferencia en el uso diario. Aberraciones cromáticas, resistencia al flare, viñeteo o distorsión son pequeños defectos que, cuando están bien controlados, casi pasan desapercibidos. Pero cuando no lo están, pueden arruinar una fotografía mucho antes de que la falta de nitidez llegue a hacerlo.
Y, en líneas generales, este Sigma sale bastante bien parado.
Aberraciones cromáticas
Las aberraciones cromáticas suelen convertirse en el enemigo silencioso de muchos objetivos luminosos. Esas franjas verdes o moradas aparecen normalmente en zonas de alto contraste, especialmente alrededor de ramas, reflejos metálicos o contraluces intensos.
En el Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary hay que buscarlas con bastante intención.
Existen, porque ningún objetivo está completamente libre de ellas, pero aparecen de forma muy puntual y siempre en las zonas más extremas de la imagen. Durante la mayoría de las fotografías realizadas para esta prueba simplemente pasaron desapercibidas.
Y cuando aparecen, su corrección resulta extremadamente sencilla. Tanto Lightroom como Capture One eliminan prácticamente cualquier resto mediante el perfil de lente sin necesidad de realizar ajustes manuales.
Es uno de esos apartados donde Sigma demuestra que detrás de un objetivo compacto también puede esconderse un diseño óptico muy cuidado.
Flare y destellos fantasma
Si hay una situación capaz de poner en evidencia cualquier objetivo es disparar directamente hacia el sol.
Aquí no sirven las especificaciones ni las promesas del fabricante. El flare aparece… o no aparece.
El Sigma controla bastante bien este tipo de situaciones. Incluso fotografiando con el sol dentro del encuadre mantiene un contraste elevado y evita que la imagen termine inundada por reflejos internos incontrolables.
Eso no significa que sea inmune. En determinadas posiciones puede aparecer algún pequeño halo o una ligera franja de color, especialmente cuando el sol incide con determinados ángulos. Pero hablamos de reflejos discretos y bastante fáciles de controlar simplemente modificando unos centímetros la posición de la cámara.
He probado objetivos bastante más caros que se comportan peor en este escenario.
Y eso siempre es una buena noticia para quienes disfrutan fotografiando amaneceres, atardeceres o escenas con iluminación muy agresiva.
Control del viñeteo
Por focal, uno podría pensar que un 65 mm debería mantenerse bastante al margen del viñeteo. Sin embargo, la realidad es algo distinta.
A máxima apertura aparece una caída de luz visible en las esquinas, aproximadamente de un paso. No llega a ser especialmente agresiva, pero está ahí y resulta fácil apreciarla en fondos uniformes o cielos despejados.
La buena noticia es que desaparece con bastante rapidez. Cerrando hasta f/2.8 ya se reduce de forma considerable y alrededor de f/4 deja prácticamente de tener relevancia.
Además, hoy en día es probablemente el defecto más fácil de corregir. Los perfiles automáticos de Lightroom, Capture One o incluso las propias cámaras eliminan el viñeteo en cuestión de segundos y con una pérdida prácticamente imperceptible de calidad.
Sinceramente, es uno de esos defectos que rara vez condicionaría mi decisión de compra.
Distorsión geométrica
Si tuviera que señalar el apartado donde este Sigma muestra su mayor debilidad, probablemente sería aquí.
La distorsión de cojín está presente cuando trabajamos directamente sobre el archivo RAW sin aplicar ningún tipo de corrección. No hace falta ampliar demasiado la imagen para apreciar que las líneas rectas comienzan a curvarse ligeramente hacia el interior del encuadre.
¿Es un problema? Depende mucho del tipo de fotografía que hagas.
En retrato, fotografía urbana o escenas cotidianas probablemente nunca llegue a molestarte. Sin embargo, si trabajas habitualmente con arquitectura o interiores sí conviene tenerlo presente.
Por suerte, volvemos a encontrarnos con un defecto fácilmente solucionable. Basta activar el perfil de lente durante el revelado para que la distorsión desaparezca prácticamente por completo sin afectar de forma apreciable al resto de la imagen.
No deja de ser una pequeña concesión para mantener el tamaño tan contenido del objetivo. Personalmente habría preferido una distorsión algo menor desde el propio diseño óptico, pero tampoco creo que sea un defecto lo suficientemente importante como para empañar el excelente rendimiento general que ofrece esta lente.
Bokeh del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
El bokeh es probablemente uno de los aspectos más subjetivos que existen al analizar un objetivo. Puedes medir la nitidez, cuantificar la distorsión o calcular exactamente cuántas aberraciones cromáticas aparecen. Pero intentar poner una nota al desenfoque es bastante más complicado. Al final entra en juego algo tan poco científico como el gusto personal.
Eso sí, hay ciertos aspectos que sí pueden analizarse: la transición entre las zonas enfocadas y desenfocadas, la suavidad del fondo, la forma de los discos de luz o la ausencia de contornos demasiado marcados.
Los 65 mm ofrecen una compresión de la perspectiva muy agradable. Es una focal que separa al sujeto del fondo con mucha naturalidad, sin llegar al efecto más acusado de un 85 mm. Esa distancia focal, unida a la apertura f/2, permite conseguir fondos muy limpios incluso cuando no estamos fotografiando a distancias extremadamente cortas.
Lo que más me ha gustado no es la cantidad de desenfoque, sino la forma en la que aparece.
La transición entre la zona enfocada y el fondo resulta muy progresiva, sin cambios bruscos ni esa sensación de que alguien ha recortado al sujeto con unas tijeras. Todo fluye de forma bastante natural y eso hace que el motivo principal destaque sin parecer artificial.
Los discos de luz mantienen una forma bastante uniforme en buena parte del encuadre, aunque hacia las esquinas aparece el clásico efecto “ojo de gato”, algo completamente normal en objetivos de este tipo y que, sinceramente, rara vez supone un problema en fotografía real.
También me ha gustado el comportamiento de las texturas desenfocadas. Hay objetivos que generan un bokeh muy abundante, pero algo nervioso, especialmente entre ramas, hojas o vegetación. El Sigma, sin llegar al nivel de un objetivo f/1.4 o f/1.2, consigue mantener un desenfoque bastante limpio y agradable incluso en este tipo de escenarios.
Obviamente, si lo enfrentamos a un 85 mm f/1.4 o a un 50 mm f/1.2, estos seguirán ofreciendo una profundidad de campo mucho más reducida. Sería absurdo esperar otra cosa. Pero tampoco creo que sea una comparación justa.
Porque precisamente una de las grandes virtudes de este Sigma consiste en ofrecer un equilibrio muy difícil de encontrar: suficiente desenfoque para aislar al sujeto, una focal tremendamente versátil y un tamaño que invita a llevar el objetivo siempre montado en la cámara.
Y eso, al final, hace que acabes utilizándolo mucho más que otros objetivos capaces de generar un bokeh todavía más espectacular… pero que también pesan casi el doble y ocupan medio compartimento de la mochila.
Opinión del Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
Reconozco que cuando Sigma presentó la Serie I fui bastante escéptico. Pensé que sería una colección de objetivos bonitos para enseñar en Instagram, con mucho aluminio mecanizado y mucho discurso sobre la experiencia fotográfica, pero con demasiadas concesiones en lo realmente importante.
Después de probar varios objetivos de la gama tuve que cambiar de opinión. Y este Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary es, probablemente, el que más ha contribuido a ello. No porque sea el más espectacular de la serie. Ni el más luminoso. Ni el más llamativo sobre el papel.
Lo es porque consigue algo que cada vez valoro más: encontrar un equilibrio casi perfecto entre tamaño, calidad óptica, construcción y placer de uso.
Hoy parece que todos los fabricantes compiten por lanzar el objetivo más extremo del mercado. Da igual que pese un kilo, que necesite un filtro del tamaño de un plato o que obligue a hipotecar el coche para comprarlo. Si la hoja de especificaciones impresiona, parece que ya está todo hecho. Sigma decidió recorrer el camino contrario.
Aquí no encontramos un f/1.2 que solo aprovecharás en situaciones muy concretas, ni un sistema de enfoque pensado para fotografiar un halcón peregrino lanzándose a 300 km/h. Lo que encontramos es un objetivo que puedes llevar montado todo el día sin cansarte y que responde con un nivel óptico que, sinceramente, sorprende para su tamaño.
¿Tiene defectos? Claro. El sellado debería ser bastante más completo. La distorsión geométrica existe y el viñeteo a plena apertura también está presente. No son problemas graves, pero tampoco tendría sentido esconderlos. Están ahí y conviene conocerlos antes de comprar el objetivo.
Lo que ocurre es que ninguno de ellos termina teniendo demasiado peso cuando empiezas a utilizarlo de verdad. Porque cada vez que sales a fotografiar vuelves a encontrarte con una construcción excelente, un enfoque muy fiable, una calidad de imagen sobresaliente y un tamaño que invita a dejar el zoom en casa y disfrutar simplemente de fotografiar.
Y luego está uno de mis detalles favoritos: el anillo de diafragma. Habrá quien piense que es un simple guiño nostálgico. Yo creo exactamente lo contrario. Es uno de esos pequeños detalles que hacen que fotografiar vuelva a sentirse… fotografía. Cambiar la apertura directamente desde el objetivo resulta rápido, intuitivo y mucho más satisfactorio que navegar entre diales electrónicos configurables cuyo funcionamiento cambia dependiendo del menú que hayas tocado la semana anterior.
También hay algo que me gusta especialmente de este Sigma y que cuesta explicar con cifras. Tiene personalidad.
Las fotografías transmiten un carácter muy agradable. El contraste, el color y la forma de representar los desenfoques hacen que las imágenes tengan ese punto de naturalidad que no siempre aparece en objetivos obsesionados únicamente con ofrecer la máxima resolución posible.
¿Seguiría comprándolo hoy? Sin ninguna duda. De hecho, si alguien me preguntara cuál es uno de los objetivos más recomendables de toda la Serie I, este 65 mm estaría entre los primeros nombres que me vendrían a la cabeza.
Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary
Excelente
Puntuación por apartados
Veredicto
El Sigma 65mm f/2 DG DN Contemporary es uno de esos objetivos que no intenta llamar la atención con cifras absurdas ni con una hoja de especificaciones interminable. Y quizá precisamente por eso termina convenciendo tanto.
No presume de un autofocus diseñado para perseguir un Fórmula 1 ni necesita una apertura f/1.2 para justificar su existencia. Hace algo bastante más inteligente: ofrece una experiencia fotográfica excelente dentro de un cuerpo compacto, perfectamente construido y con una calidad óptica que está muy por encima de lo que su tamaño hace pensar.
Sí, tiene puntos mejorables. El sellado debería ser mucho más completo, la distorsión geométrica aparece antes de aplicar las correcciones y el viñeteo no desaparece por arte de magia cuando trabajamos a f/2. Pero son concesiones relativamente pequeñas frente a todo lo que ofrece a cambio.
Porque cuando llevas varios días utilizándolo dejas de pensar en especificaciones y empiezas simplemente a hacer fotografías. Una obviedad que, viendo algunos lanzamientos actuales diseñados para ganar comparativas y provocar contracturas, ya casi parece revolucionaria.
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Galería de muestras del Sigma 65mm f2
Compacto, metálico y con una focal que se sale del aburrido catálogo de siempre. Un objetivo de esos que terminan pasando más tiempo montados en la cámara que guardados en la mochila.
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.