Hay objetivos que envejecen mal, como los tatuajes tribales o los filtros “vintage” de Instagram. Y luego está el Fujifilm 23 f1.4 WR, ese tipo de óptica que sobrevive a todo sin pedir perdón. Nació cuando los fotógrafos todavía se preguntaban si las sin espejo eran “de verdad”, cuando el enfoque de Fuji parecía sufrir lag crónico y cuando el término bokeh se usaba para disimular la falta de nitidez. Han pasado años, cámaras, guerras de megapíxeles y modas absurdas, pero el 23 mm sigue ahí, aguantando el tipo con la elegancia de quien ya no necesita demostrar nada.
Porque sí, hubo una época en la que el original 23 mm f/1.4 era el orgullo y la frustración de todo usuario Fuji. Un objetivo con carácter, con ese “look” que muchos aún persiguen, pero también con un enfoque que convertía cada retrato en un juego de azar. La versión WR, que ya lleva un buen tiempo entre nosotros, nació precisamente para cerrar esa herida: mantener la magia y eliminar la ruleta. No fue un rediseño para titulares, sino un acto de madurez.
Y ahí radica su grandeza. Ya no compite con el último lanzamiento ni pretende reinventar la rueda. Este Fuji 23 f1.4 mm WR simplemente sigue siendo el referente. No necesita trending topics, porque en el fondo todos sabemos que es la óptica que define el sistema X: ni perfecta ni barata, pero con más personalidad que muchos catálogos enteros de ópticas chinas con nombres impronunciables.
Un clásico pasado por quirófano
Decir que el 23 1.4 WR es una actualización sería quedarse corto. Es más bien una reconstrucción. Fujifilm no se limitó a pulir bordes o cambiar el anillo; lo rehízo desde las tripas. El viejo modelo montaba 11 elementos en 8 grupos; este llega con 15 elementos en 12 grupos, de los cuales dos son asféricos y tres ED. Es un rediseño que se nota desde la primera toma. La nitidez ha subido varios escalones, el microcontraste está mucho más afinado y la uniformidad entre el centro y las esquinas roza lo impecable.
A f/1.4 ya entrega resultados sólidos, sin esa neblina suave que en su día se confundía con “carácter”. Aquí el detalle está presente desde el centro hasta los bordes, y el contraste no se desmorona al abrir el diafragma. A f/2 entra directamente en territorio de excelencia: limpio, consistente y con ese punto de textura que mantiene la sensación de profundidad real.
La distancia mínima de enfoque baja a 19 cm, algo que cambia radicalmente el uso. Puedes acercarte hasta rozar la incomodidad social y aun así conservar ese fondo cremoso que tanto gusta en retrato ambiental. No es macro, pero permite jugar con primeros planos con un desenfoque muy natural.
Y lo mejor de todo: sigue siendo un objetivo con alma Fuji. No busca una perfección de laboratorio. No tiene ese brillo clínico de los objetivos sin carácter. Lo suyo es la nitidez con vida: imágenes ricas, con volumen y ese contraste que hace que el color respire.
Diseño y construcción: el Fuji que ya no finge ser retro
A nivel de diseño, el cambio es una declaración de intenciones. El Fujifilm XF 23 f1.4 WR deja atrás la estética del “vintage impostado” y se viste con un aire más profesional. Desaparece el anillo retráctil de enfoque con escala, ese invento tan romántico como inútil, y llega un barril metálico de líneas limpias, sólido, coherente y sin florituras.
El aro de diafragma ahora sí tiene presencia. Los clics son firmes, el recorrido justo y el bloqueo en posición “A” evita disgustos cuando metes la cámara a ciegas en la mochila. Es la clase de mejora pequeña que cambia la relación con el equipo: ya no estás peleando con el objetivo, sino trabajando con él.
Con sus 375 g, el equilibrio es perfecto. No es un peso pluma, pero tampoco una pesadilla frontal. En cuerpos como la Fujifilm X-T5, la X-H2 o la X-S20, el conjunto se siente natural, sin tirones ni descompensaciones. En mano transmite solidez; no hay holguras ni piezas que suenen a plástico barato.
Y sí, por fin está sellado. El sistema WR (Weather Resistant) cubre las juntas críticas y permite usarlo bajo lluvia ligera, polvo o humedad sin sentirte en pecado. Algo impensable en el viejo modelo. Ahora el 23 mm está preparado para lo que es: un objetivo de calle, de uso diario, de salir a rodar sin mirar el parte meteorológico.
Ergonomía y uso real deñ Fujifilm 23 f1.4 WR
La ergonomía del 23 f1.4 WR demuestra que Fuji ha aprendido de sus errores. Este objetivo no destaca por ser diminuto, pero su proporción con las cámaras del sistema es ideal. En una Fujifilm X-E5 o una X-S20 mantiene el equilibrio, y en una X-H2S o una X-T5 se comporta como un guante. Es el tipo de óptica que te acompaña todo el día sin cansar, pero que da sensación de herramienta seria, no de juguete de diseño.
El enfoque manual electrónico está muy bien calibrado. No tiene ese retraso irritante de otros objetivos Fuji antiguos, y su recorrido es preciso. Puedes usarlo con comodidad para vídeo o fotografía de detalle, y aunque no sea un enfoque mecánico real, la respuesta es inmediata y natural.
El parasol de pétalos incluido merece mención aparte. No es una pieza de adorno, sino una mejora práctica: más largo, más firme y más funcional. Protege la lente frontal (algo expuesta) y permite montar filtros ND sin que todo se convierta en un puzle. Es el tipo de accesorio que parece trivial hasta que te salva una sesión bajo lluvia fina o con sol bajo.
Calidad de imagen: refinamiento sin perder el alma
Aquí viene el momento de la verdad: ¿realmente este 23 1.4 WR mejora lo suficiente o estamos otra vez ante un rediseño de catálogo con un nombre más largo? Lo llevamos a la calle, lo abrimos a f/1.4, y lo primero que pensamos fue: “vale, Fuji, por fin lo has hecho bien”.
Porque este objetivo no solo es nítido —eso lo dicen todos—, es obscenamente nítido, incluso cuando lo abres sin piedad. A f/1.4, el centro corta como bisturí, y las esquinas, lejos de rendirse, aguantan con una dignidad que el modelo anterior solo podía soñar. Adiós a los bordes blandos y al “ya mejorará en f/2.8”. Aquí el rendimiento es serio desde la primera toma.
El contraste, además, ha dejado de ser ese concepto abstracto que había que imaginar. Hay textura, hay microdetalle, hay ese punch visual que hace que la imagen parezca tener volumen. Es el tipo de nitidez que no mata el carácter, sino que lo afila. Y cuando llegas a f/2, el objetivo toca techo: todo el encuadre es consistente, los colores se saturan con elegancia y la tridimensionalidad se dispara.
Y lo mejor: este Fuji no te castiga por querer usarlo abierto. Entre f/1.4 y f/4 se comporta como si no conociera la palabra “defecto”. Solo al pasar de f/11 la difracción empieza a asomar tímidamente, como recordando que la física existe. Pero da igual: a cualquier otra apertura, el Fuji 23 f1.4 WR es pura confianza. No hay que justificarlo, hay que usarlo.
Aberración cromática
La aberración cromática es ese monstruo invisible que vive en los objetivos luminosos y arruina los bordes de las ramas, los reflejos y tu autoestima. Pero aquí no hay monstruo. El Fujifilm 23 f1.4 WR lo ha domesticado a base de óptica moderna y recubrimientos con más capas que un croissant de mantequilla.
Dispara contra una farola, contra una ventana, contra lo que quieras: no vas a ver las malditas franjas verdes o violetas que arruinaban la versión anterior. Ni siquiera a f/1.4. Es de esos objetivos que hacen que te preguntes si de verdad lo has abierto tanto, porque la imagen sigue limpia, contrastada y sin rastro de color parásito.
Y sí, aquí somos de los que disparamos abiertos. Porque si te compras un f/1.4 para usarlo a f/8, igual necesitas más terapia que objetivos. Este 23 mm aguanta el tipo sin despeinarse, incluso con luces imposibles o reflejos metálicos. Si ves color raro, es culpa del monitor, no del cristal.
Control del viñeteo
El viñeteo siempre ha sido el primo raro del rendimiento óptico: está ahí, molesta un poco, pero al final le coges cariño. A f/1.4, el 23 f1.4 WR pierde unos dos pasos en las esquinas, lo suficiente para recordarte que no todo puede ser perfecto. Pero es un viñeteo bonito, de esos que parecen pensados por un diseñador, no por un error de fabricación.
Cerrando a f/2.8 desaparece casi por completo, y si trabajas en RAW, se corrige con un clic. Pero sinceramente, en la mayoría de situaciones aporta más de lo que resta: concentra la mirada, da sensación de profundidad y añade un toque de dramatismo sin artificio. Es ese defecto que, como una cicatriz bien puesta, termina formando parte del encanto.
Efecto Flare
El flare solía ser el punto débil del viejo 23 mm: bastaba una farola o un reflejo para convertir una foto en un homenaje involuntario a los años 80. Ahora, no. Este WR es otro mundo. Fuji ha aplicado nuevos revestimientos y ha ajustado la construcción interna con una precisión casi obsesiva.
Resultado: puedes disparar contra el sol del mediodía, contra luces de neón o incluso contra el reflejo de un coche recién lavado, y el contraste se mantiene firme. No hay halos verdes, ni fantasmas psicodélicos, ni ese arcoíris barato que te hace parecer novato. El control del flare es tan bueno que cuesta provocarlo a propósito.
Y eso cambia el juego. Porque un angular luminoso que no teme la luz directa se convierte en un arma creativa. Puedes disparar sin filtros, buscar contraluces agresivos y seguir obteniendo resultados limpios. El 23 1.4 WR no solo evita el desastre: lo desafía.
Distorsión geométrica
Hay algo casi insultante en lo bien que controla la distorsión este objetivo. En un mundo donde el “corregido por software” se ha convertido en excusa, Fuji ha hecho los deberes en el plano óptico. No hay barril, no hay cojín, no hay drama. Las líneas permanecen donde deben, y el poco resto que queda se limpia automáticamente en cámara sin que te enteres.
Para arquitectura o calle, es un sueño: puedes apuntar a fachadas, escaparates o interiores sin que las verticales empiecen a bailar. Las fotos salen limpias, sin necesidad de correcciones eternas en Lightroom. En la práctica, te olvidas de la distorsión, y eso —créeme— es el mayor cumplido que se le puede hacer a un angular.
El Fujifilm 23 f1.4 WR es así de estable: dispara recto y responde recto. Y eso, viniendo de Fuji, ya es noticia.
Bokeh del Fujifilm XF 23 mm f/1.4 WR
El bokeh. Esa palabra mágica que sirve lo mismo para vender objetivos que para justificar un fondo mal medido. Pues bien, aquí el bokeh no es una excusa: es una delicia.
El salto respecto al modelo anterior es tan claro que se ve sin necesidad de comparar archivos. La distancia mínima de enfoque baja a 19 cm, lo que te permite acercarte más y aprovechar de verdad el f/1.4. Y el nuevo diafragma de nueve palas redondeadas transforma el desenfoque en algo mucho más natural, más cinematográfico, pero sin caer en lo empalagoso.
Las luces del fondo son circulares, las transiciones suaves y el desenfoque se integra con el sujeto sin pelear por protagonismo. No hay anillos de cebolla, no hay contornos duros, no hay ese aspecto digital que mata la atmósfera. Lo que hay es un bokeh maduro, elegante y útil.
Y aquí está la clave: no necesitas condiciones perfectas para que funcione. Da igual si trabajas en interior, exterior o con luz artificial; el Fujifilm 23 f1.4 WR mantiene la coherencia. Es de esos objetivos que te permiten disparar sin pensar en el desenfoque, porque sabes que va a quedar bien. Un lujo raro hoy en día.
Velocidad de enfoque del Fujifilm 23 f1.4 WR
Durante años, hablar del enfoque del antiguo 23 mm f/1.4 era casi un ejercicio de fe. Había que tener paciencia, cariño y una tolerancia zen para aceptar que, a veces, el sujeto estaría nítido y otras simplemente… no. Era el precio del “carácter”. O al menos, eso nos decíamos para justificarlo. Nueve años después, Fujifilm decidió que ya era hora de dejar la nostalgia y construir un 23 mm que enfocara de verdad. Y lo consiguió.
El Fujifilm 23 f1.4 WR incorpora un motor lineal que cambia por completo la experiencia. No hay caza, no hay titubeos, no hay esa sensación de estar pidiendo permiso para enfocar. Es rápido, inmediato y, lo más importante, silencioso. Y no “silencioso de marketing”, sino de verdad: ni un zumbido, ni un clic, ni esa vibración casi imperceptible que los micros direccionales adoran captar. Aquí el movimiento interno es limpio y preciso, digno de un objetivo moderno.
En la práctica, el salto respecto a la versión original es abismal. Si el viejo 23 mm se sentía como un estudiante de Erasmus con resaca, este WR responde como un atleta con café doble. En detección de rostro y ojos, tanto en fotografía como en vídeo, el seguimiento es estable y fiable. Puedes moverte, girar, o tener una farola de fondo, y el foco no se inmuta. El sistema AF-C de las X-H2 o X-T5 lo exprime sin que el objetivo se convierta en cuello de botella.
Pero más allá de la velocidad pura, lo que impresiona es la consistencia. No hay tirones, no hay esos saltos de microajuste que arruinan el enfoque en vídeo. La transición entre planos es fluida, natural, y da la sensación de que la lente “piensa” en lugar de reaccionar. Es el tipo de respuesta que antes solo veíamos en ópticas mucho más caras o en sistemas full frame más maduros.
El resultado es un objetivo que por fin te deja disparar sin miedo a perder el momento. En fotografía de calle, puedes confiar en que el enfoque llegue donde lo necesitas, incluso en situaciones de baja luz o movimiento. Y en retrato, el seguimiento ocular funciona como debe: sin histeria, sin caza, sin dar bandazos de un punto a otro.
Conclusión: el Fuji 23 mm que maduró mejor que muchos fotógrafos
El Fujifilm 23 f1.4 WR no es la típica renovación que llega con una pegatina nueva y dos tornillos distintos. Es la demostración de que cuando Fuji se toma su tiempo —y hablamos de casi una década—, el resultado puede ser tan redondo que justifica la espera. Este objetivo no intenta reinventar nada; simplemente corrige lo que debía corregir y pule lo que ya era bueno.
La mejora óptica es evidente: nítido desde f/1.4, consistente en todo el encuadre y con un color que sigue teniendo ese punto orgánico que hace únicas las imágenes de Fuji. Ya no hay excusas en los bordes, ni velos, ni aberraciones que se disimulan con la palabra “carácter”. Aquí hay precisión real, sin sacrificar la estética que define al sistema X.
El sellado WR deja de ser un lujo y pasa a ser lo que siempre debió: un estándar. Y el nuevo motor lineal convierte el enfoque en algo de lo que ya no hay que hablar, porque simplemente funciona. Da igual si disparas en calle, en retrato o en vídeo; el Fujifilm 23 f1.4 WR responde, sin dramas, sin cazar, sin hacerte perder el instante. Eso sí que es una revolución silenciosa.
Incluso en vídeo, donde Fuji históricamente llegaba con la lengua fuera, este objetivo demuestra que el sistema ha alcanzado la madurez. El focus breathing está tan bien controlado que ya no es tema de conversación, y las transiciones de plano son suaves, naturales, casi cinematográficas. Es una óptica que por fin puede convivir con cámaras profesionales sin sentirse fuera de lugar.
En definitiva, el XF 23 mm f/1.4 WR no es solo un clásico actualizado: es la consolidación de todo lo que Fuji prometió hace años. La mezcla exacta entre técnica y emoción. Una óptica que no necesita grandes titulares porque su argumento está en cada foto. Y sí, puede que hayan tardado nueve años, pero han entregado un objetivo que sigue siendo tan relevante hoy como el primer día.
Fuji no ha hecho magia, ha hecho algo más difícil: ha aprendido.
Nota final y valoración de Fuji 23 1.4 WR
Resumen
Una de las ópticas más finas que ha parido Fujifilm en años. El XF 23 mm f/1.4 WR es potencia óptica pura, con un enfoque por fin digno, un bokeh serio y un rendimiento que deja a medio sistema full frame en evidencia.
👍 Pros
- Calidad de imagen sobresaliente en todo el encuadre
- Enfoque rápido, silencioso y preciso
- Sellado completo contra polvo y humedad
- Bokeh elegante y transiciones suaves
- Distorsión prácticamente inexistente
- Aberraciones y flare muy bien controlados
👎 Contras
- Precio alto, aunque justificado
- Viñeteo visible a f/1.4 (se corrige fácil)
- Algo voluminoso para cuerpos pequeños
Galería de muestras del Fujifilm 23 f1.4 WR
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.
2 comentarios
He tenido una erección, que cantaban mis amados Turbonegro.
¿Qué es eso de ‘enfoque manual electrónico?
Es el enfoque manual asistido electrónicamente. Es decir, tu giras el barril del objetivo, pero no es un movimiento directo físico. Es parecido a lo que pasa con los zoom electrónicos para que lo entiendas.