Si en 2025 sientes que tu cámara de 2024 ya es un pisapapeles tecnológico, no es porque seas paranoico. Es porque la industria ha trabajado muy duro para que lo creas. Ha terminado otro ciclo de doce meses y aquí estamos otra vez, celebrando el ritual anual en el que las marcas nos convencen de que lo que ayer era “profesional” hoy es “insuficiente”.
2025 ha sido el año de la rendición incondicional ante la Inteligencia Artificial. Ya no importa si sabes leer la luz, si tienes ojo, criterio o pulso de cirujano. Ahora lo verdaderamente relevante es si el procesador de tu cámara es capaz de predecir hacia dónde va a mirar un colibrí antes de que el propio colibrí lo sepa. Hemos pasado de tomar decisiones a validarlas. De fotógrafos a meros apretadores de botones que asienten mientras un chip de silicio decide por nosotros.
Al mismo tiempo, la industria ha hecho oficial algo que llevaba tiempo insinuando: la clase media ha muerto. Si quieres una cámara que no parezca un juguete de plástico reciclado, el peaje de entrada ya roza sin pudor los tres mil euros. Y si preguntas por qué, te hablarán de “experiencias”, de “flujos de trabajo” y de “ecosistemas”, palabras corporativas diseñadas para camuflar una verdad incómoda: te están cobrando el doble por mejoras que, en muchos casos, podrían haber llegado en forma de firmware.
Entre tanta soberbia tecnológica y tanto influencer gritando frente a cajas de cartón, 2025 nos ha dejado algunas joyas… y bastantes decepciones. Y merece la pena detenerse, lupa en mano, a revisar qué cámaras han aportado algo real, cuáles han sido puro trámite y, sobre todo, qué dice todo esto del lugar que ocupa hoy el fotógrafo en una industria cada vez más obsesionada con el algoritmo que con la imagen.
Sony: la dictadura del "Copy-Paste" y la llegada de la A7 V
Sony ha cerrado el año con su movimiento más predecible: la Sony A7 V. Lanzada a principios de diciembre, es la cámara que todos sabíamos que vendría y que, sin embargo, nos deja un sabor de boca a café recalentado. Es una máquina impecable, no me malinterpretes. Han heredado el cuerpo de la A7R V, le han metido un sensor de 33 megapíxeles que rinde de escándalo y, por supuesto, el chip de IA que ya traía hasta la cafetera de la oficina de Sony. Técnicamente, el paso al sensor «parcialmente apilado» mejora el rolling shutter que tanto criticamos en la IV, pero no deja de ser una actualización de mantenimiento para mantener a la parroquia contenta mientras los precios siguen escalando hacia el absurdo.
El problema es que Sony se ha vuelto el Apple de la fotografía: innovan lo justo para que sientas que te falta algo, pero sin arriesgar el trono. La A1 II, que vimos consolidarse a principios de año, ya nos avisó de que la marca estaba más preocupada por refinar su ergonomía —que por fin es humana— que por dar un salto tecnológico real. Si quieres un obturador global, te siguen mandando a la A9 III; si quieres resolución, a la serie R. La A7 V es la cámara para los que quieren que todo funcione sin alma, un electrodoméstico de alta gama que hace fotos perfectas y aburridas, ideal para quien prefiere confiar en un algoritmo de detección de ojos de insecto que en su propia intuición.
Esta estrategia de segmentación agresiva empieza a cansar. Nos venden la FX2 para los que graban video en vertical y la A1 II para los que quieren fardar de estatus, pero en el camino se olvidan de que la fotografía era algo más que una hoja de especificaciones. Sony domina el mercado de los objetivos de terceros con Sigma y Tamron dándoles la vida, y eso les permite dormirse en los laureles de la innovación real. Han creado un ecosistema tan eficiente que da miedo, pero también una falta de sorpresas que convierte cada lanzamiento en un trámite burocrático más que en una celebración de la imagen.
El mito del zoom que quería matar al fijo
La gran estrella óptica de este 2025 ha sido, sin duda, el Sony 28-70mm f/2 GM. Es un prodigio de la ingeniería que pesa casi un kilo y que pretende convencernos de que podemos tirar a la basura todos nuestros objetivos fijos. Es nítido, es rápido y tiene un bokeh que roza lo irreal para un zoom, pero también es el recordatorio de que la marca está obsesionada con la perfección clínica. Disparar con este “ladrillo” de 3.600 euros es una experiencia aséptica; los archivos son tan perfectos que carecen de cualquier rastro de carácter, obligándonos a trabajar el doble en edición para que la foto no parezca un render de arquitectura.
Acompañando a esta bestia, el 85mm f/1.4 GM II ha terminado de renovar la gama alta, ofreciendo una velocidad de enfoque que hace que el modelo original parezca un objeto de la era del bronce. Sony ha decidido que el 2025 es el año de eliminar cualquier imperfección óptica, entregando cristales que resuelven líneas que ni siquiera tu monitor 8K puede mostrar. Es una carrera armamentística contra la física que el usuario termina pagando con su espalda y su cuenta corriente, mientras esperamos que alguien en el departamento de diseño se acuerde de que, a veces, un poco de imperfección es lo que hace que una imagen respire.
Canon: el búnker de cristal y la redención de la R6 Mark III
Canon ha pasado gran parte de este 2025 jugando al gato y al ratón con sus usuarios, para finalmente soltar en noviembre la EOS R6 Mark III. Es, sin duda, la cámara que el fotógrafo que realmente trabaja estaba esperando para no tener que hipotecar su casa por una R1 o conformarse con los megapíxeles «justitos» de la generación anterior. Con un sensor de 32,5 MP y una velocidad de ráfaga de 40 fps, Canon ha creado una herramienta que roza la perfección técnica, pero que sigue arrastrando ese tufillo de exclusividad forzada que tanto les gusta en sus oficinas de Japón. Es la cámara que todos acabarán comprando, no por amor, sino porque es el martillo más eficiente de una caja de herramientas que cada vez es más cara de mantener.
Lo que sigue resultando irritante es la política de «búnker» de la montura RF. Mientras el resto del mundo se beneficia de la competencia, Canon sigue dosificando las licencias para terceros como si fueran gotas de agua en el desierto, obligándonos a pasar por su aro si queremos cristales de calidad. Este año han intentado maquillarlo con una ofensiva de productos para «creadores» como la EOS R50 V y la EOS C50, demostrando que les importa más captar al vlogger que busca el botón de «piel suave» que al purista que pide un 24-70 de Sigma sin tener que usar adaptadores que parecen piezas de fontanería. Canon ha decidido que su ecosistema es un club de campo y, si no llevas la tarjeta platino, te quedas en la puerta mirando cómo los demás graban en 7K RAW.
Técnicamente, no se les puede toser: el sistema de enfoque con «Register People Priority» es tan absurdamente preciso que asusta. Ahora puedes registrar la cara de tu cliente para que la cámara lo persiga entre una multitud, eliminando cualquier rastro de pericia por parte del fotógrafo. Es el fin del error humano, sí, pero también es un paso más hacia la automatización total de un oficio que antes requería algo más que saber configurar un menú. 2025 es el año en que Canon nos ha dado la cámara más capaz de su historia reciente, recordándonos al mismo tiempo que, en su mundo, tú eres solo el accesorio que sujeta el cuerpo de magnesio mientras la IA hace el trabajo sucio.
La invasión de los f/1.4 "híbridos" y los zooms de conveniencia
En el apartado de cristales, Canon ha completado este año su «repóker» de focales fijas híbridas con motor VCM: los RF 20mm, 24mm, 35mm, 50mm y 85mm f/1.4 L. Son objetivos diseñados con la obsesión del vídeo en mente, con anillos de iris sin clics y un tamaño casi idéntico para que los cineastas de salón no tengan que reequilibrar sus gimbals. Son una maravilla de la ingeniería, nítidos hasta la náusea y con un enfoque silencioso como una tumba, pero carecen de ese carácter que tenían los viejos objetivos EF. Son herramientas quirúrgicas en un mundo que a veces solo necesita un pincel, y su precio refleja que Canon sabe que no tienes otra opción si quieres lo mejor en su montura.
Para los que aún miran el saldo del banco antes de comprar, el lanzamiento del RF 16-28mm f/2.8 IS STM a principios de año fue una pequeña alegría en medio del asfixiante catálogo de la serie L. Es un zoom ultra gran angular honesto, ligero y con una estabilización que te permite disparar a pulso mientras te tiembla la mano por el café, pero no deja de ser un «quiero y no puedo» comparado con las versiones profesionales. Junto al RF-S 14-30mm PZ para APS-C, Canon deja claro que su prioridad es que nadie se quede sin grabar contenido para redes sociales, aunque para ello tengamos que aceptar una distorsión por software que haría llorar a un delineante.
Nikon: de la nostalgia del espejo al colmillo afilado de RED
Nikon ha terminado de sacudirse el polvo de los viejos tiempos para convertirse en el depredador más serio de este 2025. El lanzamiento de la Nikon Z7 III a mediados de año ha sido el puñetazo en la mesa que los paisajistas y retratistas de estudio llevaban pidiendo desde que la Z8 les pareció «demasiado video». Con un sensor que coquetea con los 61 megapíxeles y un rango dinámico que parece magia negra, Nikon ha vuelto a demostrar que, cuando se trata de exprimir la luz de un fotodiodo, no tienen rival. Es una cámara lenta, pausada y deliberada, un refugio para quienes aún creen que la fotografía es una cuestión de calidad y no de cantidad de disparos por segundo.
Pero la verdadera transformación de Nikon este año no ha ocurrido en el sensor, sino en el cerebro. La integración total de la tecnología de RED ha parido la Nikon ZR, una cámara de cine «disfrazada» de sin espejo que ha dejado a la competencia rascándose la cabeza. Ya no se trata de «grabar video con una cámara de fotos», sino de tener un flujo de trabajo profesional que hasta hace dos años costaba el triple. Es fascinante ver cómo una marca que hace un lustro parecía destinada a ser una reliquia para nostálgicos del clic mecánico, ahora dicta las normas de lo que debe ser un archivo RAW de vídeo. Nikon ha dejado de pedir permiso y ha empezado a dar órdenes.
En el otro extremo, la Nikon Z50 II ha sido la gran sorpresa para los que no tenemos acciones en una eléctrica. Mientras Sony y Canon se empeñan en vender sensores de 2018 en cuerpos de 2025, Nikon ha metido el procesador EXPEED 7 (el mismo de la Z9) en una cámara APS-C que cuesta lo que un objetivo de gama media.1 Es la cámara del sentido común: enfoque de élite, construcción digna y un visor que no te quema las corneas. Nikon es, a día de hoy, la única marca que parece recordar que existe un mundo más allá de los creadores de contenido de lujo y los fotógrafos de agencia con presupuesto ilimitado.
La rebelión de los f/1.4 "baratos" y el zoom que no se acaba nunca
Lo mejor que le ha pasado a la montura Z este año no ha sido un objetivo de tres mil euros, sino la democratización del f/1.4. Los nuevos Z 35mm f/1.4 y Z 50mm f/1.4 (los de la línea «no S») son una bofetada de realidad para los puristas de la nitidez extrema. Tienen aberraciones, tienen viñeteo y tienen algo que la mayoría de objetivos modernos han olvidado: carácter. Son objetivos que invitan a disparar, que pesan poco y que te permiten ese juego de luces y sombras sin tener que vender un riñón. Es la respuesta de Nikon a los que decían que su sistema era demasiado clínico y prohibitivo.
Por supuesto, no todo ha sido humildad. El Nikkor Z 28-135mm f/4 PZ es la prueba física de que Nikon ahora es una empresa de cine. Un objetivo con zoom motorizado que es un absoluto monstruo en tamaño y rendimiento, diseñado para que no tengas que cambiar de lente en todo el día de rodaje. Junto al Z 600mm f/6.3 VR S, que ha refinado lo que significa llevar un teleobjetivo potente sin acabar en el traumatólogo, Nikon ha cerrado un catálogo de ópticas que, a día de hoy, es el más coherente y sólido del mercado. Han pasado de ser los que llegaban tarde a ser los que marcan el paso del desfile.
Leica: el sacrilegio del visor y el fin del telémetro
Leica ha pasado este 2025 rompiendo su propio catecismo. La gran noticia que ha hecho temblar los cimientos de Wetzlar ha sido la llegada de la Leica M EV1 en octubre. Para los puristas, esto ha sido como ver a un monje benedictino usando una app de citas; un movimiento que rompe con un siglo de herencia del telémetro. Han eliminado la ventana del telémetro óptico —esa que define la silueta de una M desde 1954— para integrar un visor electrónico (EVF) de 5,76 megapíxeles. Es la claudicación necesaria ante la biología humana: Leica ha admitido por fin que a muchos de sus clientes ya no les acompaña la vista para clavar un Noctilux a f/0.95 usando solo un parche de luz.
Lo fascinante de la M EV1 es que es una cámara «puente» diseñada para los que vienen de la serie Q pero quieren jugar con la montura M sin el «sufrimiento» del enfoque manual a ojo. Han mantenido el sensor de 60 MP de la M11, pero han limpiado la placa superior eliminando hasta el dial de ISO para que la estética sea aún más minimalista (y para que dependas más de los menús). Es una cámara soberbia, con una precisión de enfoque que el telémetro jamás soñó, pero que se siente un poco menos «viva». Leica está vendiendo eficiencia a cambio de ese romanticismo mecánico que nos hacía sentir especiales. Ahora, disparar una M es, técnicamente, como disparar cualquier otra mirrorless, solo que tres veces más caro.
Mientras tanto, para compensar tanta modernidad, han seguido explotando el nicho del masoquismo digital con la M11-D. En un alarde de genio comercial, nos cobran un suplemento por quitarnos la pantalla trasera y dejarnos solo con una rueda de compensación de exposición. Es la cámara para el que quiere sentir el «latido analógico» pero con un sensor de 60 megapíxeles escondido bajo el capó. Junto a la M11 Monochrom, que sigue siendo el culto al gris absoluto, Leica cierra el año demostrando que sabe nadar entre dos aguas: la del profesional que necesita ver lo que hace y la del romántico que paga por el privilegio de no poder revisar sus errores hasta que llega al hotel.
El capricho del 43 y la dictadura del Summilux fijo
El otro gran movimiento sísmico de Leica este año ha sido la Leica Q3 43. Después de una década convenciéndonos de que los 28mm eran la focal definitiva para el «street photography», en Wetzlar han decidido que lo que realmente necesitábamos era un 43mm f/2 APO-Summicron fijo. Es un movimiento magistral para que los dueños de una Q3 vuelvan a pasar por caja. Han creado una cámara nueva simplemente cambiando el ángulo de visión, ofreciendo una lente que es, sencillamente, un insulto por su perfección técnica. El 43mm es la focal «natural» por excelencia, y en este cuerpo se convierte en el arma definitiva para retratos y callejeo pausado.
Para los que quieren el logo rojo sin comprometer la hipoteca, la D-Lux 8 ha intentado poner orden en el segmento de las compactas «premium». Aunque por dentro siga teniendo ese ADN compartido que todos conocemos, el diseño exterior se ha simplificado tanto que parece una M en miniatura. Es el cebo perfecto: una cámara honesta que te introduce en la ciencia de color de Leica antes de que te des cuenta de que lo que realmente quieres es un Summilux que cueste más que tu sueldo anual. Leica termina el 2025 siendo la única marca que no necesita participar en la estúpida carrera de los algoritmos de IA, porque ellos no venden cámaras; venden el estatus de no necesitarlos.
Fujifilm: el triunfo del "postureo" y la esquizofrenia tecnológica
Si hay una marca que ha terminado este 2025 con una crisis de identidad galopante, esa es Fujifilm. Han pasado de ser la alternativa romántica para los puristas del dial mecánico a convertirse en una factoría de accesorios de moda para TikTok. El lanzamiento de la Fujifilm X-E5 en agosto ha sido la culminación de este proceso: una cámara preciosa, sí, pero que incluye un dial de simulaciones de película para que no tengas que molestarte ni en aprender qué es un archivo RAW. Es el «fast food» de la fotografía gourmet; un envoltorio plateado que esconde el mismo sensor de 40 megapíxeles que ya nos han vendido tres veces, pero ahora con más filtros para que tu café parezca sacado de una película de Wes Anderson sin mover un dedo.
Mientras por un lado nos venden nostalgia de bolsillo, por el otro se han descolgado con la GFX Eterna, una cámara de cine de formato medio que cuesta dieciséis mil euros y que nadie en su sano juicio utilizaría para hacer «street photography». Este movimiento hacia el vídeo profesional es el síntoma de una marca que ya no sabe a quién le habla. Quieren ser Leica por la mañana y ARRI por la tarde, olvidándose de que el fotógrafo medio de Fuji lo único que quería era una X-Pro4 que no se rompiera por el cable de la pantalla. En lugar de eso, nos han dado la GFX100RF, una cámara de formato medio con lente fija que es básicamente un capricho para millonarios aburridos que quieren sentir que tienen una cámara «de verdad» entre las manos.
Para terminar de rematar el año de lo absurdo, nos han colado la Fujifilm X-Half, un experimento con sensor vertical de una pulgada que pretende imitar el formato de medio cuadro del carrete. Es el culmen del «quiero ser diferente a toda costa». En un mercado donde la gente lucha por el rango dinámico y el detalle, Fuji decide que lo que necesitamos es una cámara que nos limite por diseño. Es fascinante ver cómo una empresa con una de las mejores ciencias de color del mundo prefiere gastar recursos en cacharros de nicho antes que en arreglar el enfoque continuo de sus modelos principales, que sigue siendo la gran asignatura pendiente mientras Sony y Canon les miran por el retrovisor.
Ópticas de cristal y plástico: la brecha de la serie XF
En el apartado de cristales, Fujifilm nos ha dado una cal y otra de arena. La renovación del XF 16-55mm f/2.8 R LM WR II era necesaria, y hay que reconocer que han hecho un trabajo soberbio aligerando el conjunto sin perder esa nitidez quirúrgica que lo hace el zoom estándar definitivo del sistema. Es un objetivo que se siente profesional, que aguanta el trote y que justifica cada euro de su precio. Sin embargo, al mismo tiempo nos lanzan el XC 13-33mm f/3.5-6.3, un trozo de plástico diseñado para acompañar a la X-T30 III que se siente como un insulto cuando lo montas en un sensor de 40 megapíxeles. Es como ponerle neumáticos de un Ford Fiesta a un Ferrari: puedes circular, pero sabes que algo no está bien.
La línea GF para el formato medio también ha recibido su ración de mimos con el GF 32-90mm T3.5 PZ, un objetivo de cine motorizado que es una maravilla técnica, pero que refuerza esa sensación de que Fuji se está alejando del fotógrafo de a pie. Se han olvidado de actualizar focales fijas que llevan años pidiendo una versión II con motores lineales, prefiriendo centrarse en el mercado del vídeo o en teles exóticos como el XF 500mm f/5.6. El resultado es un catálogo de 2025 que es el más completo del mercado APS-C, pero que también es el más descompensado, donde conviven joyas de la ingeniería con «juguetes» diseñados para ser vendidos en tiendas de decoración.
Panasonic Lumix: los tanques de guerra que nadie quiere cargar
Panasonic ha pasado el 2025 intentando convencernos de que el tamaño sí importa, aunque sea a costa de nuestras cervicales. Con la llegada de la Lumix S1R II y la S1 II, han decidido que la sutileza es para los débiles. Estas cámaras no se guardan en una mochila; se despliegan como equipo táctico. Han refinado por fin el enfoque híbrido por fasehasta el punto de que ya no tenemos que pedir perdón por usar una Lumix en una boda, pero siguen empeñados en fabricar cuerpos que parecen diseñados para resistir una entrada en la atmósfera. Es la paradoja de Panasonic: técnicamente impecables, físicamente agotadoras y con esa extraña virtud de ser las mejores cámaras que casi nadie se atreve a comprar.
La Lumix S1R II es, sobre el papel, un bofetón de realidad para los amantes del detalle extremo. Su sensor de 44,3 megapíxeles —que estira hasta los 187 MP en su modo de alta resolución si tienes un trípode de hormigón armado— es una oda al píxel perfecto y al odio hacia tus modelos, porque cada poro de la piel se convierte en un mapa topográfico. Por su parte, la S1 II es el «chico para todo» que graba en 6K sin despeinarse, recordándonos que en Panasonic el vídeo no es un añadido, sino la razón de ser de la empresa, aunque intenten disfrazarlo con un obturador mecánico que suena como la puerta de un búnker de la Guerra Fría. Han integrado la tecnología de procesamiento de Leica (L² Technology) para darnos unos colores que, por fin, dejan de parecer salidos de una televisión de exposición en un centro comercial.
Lo que nadie te dice en las notas de prensa es que usar estas cámaras en 2025 es un acto de resistencia contra la tendencia de lo «compacto y cuqui». Panasonic no quiere ser Leica ni Fujifilm; quiere ser la herramienta que sobrevivecuando las demás se llenan de polvo o se sobrecalientan al sol. Son máquinas honestas, potentes y ridículamente pesadas, perfectas para quienes valoran la fiabilidad por encima de la comodidad de poder mover el cuello al final del día. Si eres de los que disfruta sintiendo que lleva un arma de precisión entre las manos y no te importa que tu fisioterapeuta se compre un yate a tu costa, las nuevas S1 son, posiblemente, las cámaras más serias del año.
Ópticas quirúrgicas y el zoom del que se ha rendido
La alianza L-Mount ha sido la verdadera salvación de Panasonic este año, permitiéndoles sacar pecho con objetivos como el Lumix S 18-40mm f/4.5-6.3.3 Un objetivo que nació para la Lumix S9 —ese experimento extraño que todavía estamos intentando digerir— pero que en las nuevas S1 II se siente como un chiste de mal gusto por su falta de luminosidad crónica.4 Es el intento desesperado de la marca por decir «mira, también sabemos hacer cosas pequeñas», mientras todos miramos con deseo el catálogo de Sigma para encontrar algo que realmente deje pasar la luz. Panasonic sabe hacer cristales, pero a veces parece que se les olvida que el fotógrafo no vive solo de la luz del sol al mediodía.
No podemos olvidar la llegada del Lumix S 28-200mm f/4-7.1 MACRO, el zoom «vacacional» definitivo para los que se han rendido y ya no quieren cambiar de lente nunca más en su vida. Es un objetivo funcional, correcto y terriblemente aburrido que resume bien el 2025 de Panasonic en el apartado óptico: mucha ingeniería y muy poca magia.
Mientras las marcas de la competencia se pelean por el bokeh de un f/1.2, Panasonic se limita a rellenar huecos en el catálogo con cristales que cumplen su función de forma quirúrgica pero que carecen de ese «punch» que te hace sonreír cuando abres el RAW. Son el complemento perfecto para unos cuerpos de cámara que parecen diseñados para durar cien años, aunque para entonces ya nadie se acuerde de cómo se sujetaba una cámara de kilo y medio sin ayuda de un exoesqueleto.
OM System: los últimos de la aldea gala y el peso de la nostalgia
OM System ha decidido que su estrategia para sobrevivir en este 2025 no es pelear por el sensor más grande, sino por el corazón de los que aún suspiran por el diseño de los setenta. La OM-3 Digital ha sido su gran apuesta del año, una cámara que es básicamente un imán para miradas en cualquier cafetería de especialidad. Es preciosa, de eso no hay duda: controles manuales que hacen clic como un reloj suizo y un cuerpo de magnesio que se siente eterno. Pero seamos honestos, bajo ese envoltorio de «fotógrafo de guerra de los setenta» late un sensor Micro Cuatro Tercios que ya empieza a notar que el resto del mundo le saca dos cabezas de ventaja en rango dinámico y gestión de ruido. Es el triunfo del diseño sobre la física, una cámara para quienes disfrutan más del objeto que del archivo RAW resultante.
En junio nos soltaron la OM-5 Mark II, y hay que tener mucho valor para llamar «Mark II» a una cámara cuya gran novedad tecnológica es, atención, un puerto USB-C. Sí, en pleno 2025 nos venden la conectividad básica como una «refinación». Es una cámara excelente para irse a la montaña, con su certificación IP53 que te permite usarla como escudo contra el granizo, pero por dentro sigue siendo la misma tecnología que ya nos sabíamos de memoria. OM System se ha quedado encerrada en su propio búnker de «fotografía de aventura», convencida de que su sistema de estabilización —que sigue siendo el mejor del mercado, eso es indiscutible— compensa el hecho de que su sensor tenga el tamaño de una uña comparado con los monstruos de Sony o Nikon.
Lo que realmente mantiene vivo al sistema este año es su obsesión por la fotografía computacional. Como el sensor no da para más, el procesador TruePic tiene que hacer magia negra con funciones como el Live ND 128 o el High Res Shot a pulso. Es fascinante ver cómo la cámara «se inventa» la realidad para superar sus límites físicos, pero no deja de ser un recordatorio de que estamos disparando con una máquina que depende más de su software que de su óptica para competir en la liga profesional. Son los resistentes, los que se niegan a cargar con tres kilos de equipo y prefieren la agilidad, aunque eso signifique que a partir de ISO 3200 la foto empiece a parecer un cuadro de puntillismo.
Cristales de élite para un sistema de nicho
Donde OM System sigue sacando pecho es en su cristalería, y este 2025 nos han dado un par de alegrías y algún que otro bofetón al bolsillo. La renovación de los clásicos con el M.Zuiko 17mm f/1.8 II y el 25mm f/1.8 II ha servido para modernizar el enfoque y el sellado, pero sin cambiar unas fórmulas ópticas que ya tienen sus años. Sin embargo, la joya de la corona ha sido el M.Zuiko Digital ED 24mm f/1.4 PRO, un objetivo soberbio que por fin da a los usuarios del sistema esa luminosidad que tanto mendigaban para intentar conseguir algo de bokeh decente en sus tomas angulares. Es nítido hasta la imprudencia y aguanta el trote de cualquier expedición, pero su precio nos recuerda que ser «pequeño» no significa ser «barato».
Mención aparte merece la actualización del 40-150mm f/2.8 PRO II. Han cogido un objetivo que ya era perfecto y lo han hecho más rápido y mejor sellado, confirmando que el hábitat natural de OM System es el campo, los pájaros y el barro. Ver a alguien con este conjunto en un estudio de retratos es casi un avistamiento de unicornio, pero en una ladera embarrada en Escocia, no hay nada que se le acerque en relación peso-rendimiento. El problema es que, mientras nos venden la ligereza como bandera, sus nuevos zooms «blancos» de largo alcance empiezan a pesar lo mismo que un sistema Full Frame equivalente, dejando a la marca en una tierra de nadie donde la única ventaja real es que tu mochila es un 20% más pequeña a cambio de un sensor un 400% menor.
Hoy, cuando apretamos el disparador, ya no capturamos un momento. Validamos una predicción que un algoritmo ha calculado milisegundos antes. El error, la duda y el azar —los mismos elementos que durante décadas separaron una foto correcta de una foto memorable— han sido tratados como defectos a erradicar, no como parte del lenguaje. Hemos ganado fiabilidad, sí, pero a cambio de una experiencia cada vez más aséptica, más plana, más previsible.
El balance que deja este año es el de un mercado fracturado y profundamente elitista. La desaparición real de la gama media no es una consecuencia colateral del progreso, es una decisión estratégica. Las marcas han decidido que el fotógrafo entusiasta debe elegir entre dos papeles: creador de contenido con herramientas de plástico o profesional endeudado con equipos blindados. No hay espacio intermedio. En 2025, la cámara ha dejado de ser una extensión del ojo para convertirse en un ordenador de alto rendimiento que, además, acepta objetivos caros.
Y aquí surge la pregunta que nadie quiere hacerse en las notas de prensa: ¿qué pasará cuando el algoritmo ya no tenga nada nuevo que aprender? Cuando todos los sistemas enfoquen igual, cuando todos los colores estén optimizados y cuando la perfección técnica deje de ser un argumento de venta porque ya no hay margen para mejorarla. ¿Qué quedará entonces para diferenciar una cámara de otra… o una fotografía de otra?
Tal vez ese día la industria descubra que la fotografía no ocurre en el sensor, ni en el procesador, ni en la inteligencia artificial. Ocurre en la cabeza y en el ojo de quien dispara. Y tal vez entonces vuelva a ser evidente algo que hoy parece casi subversivo: que una imagen con límites, con defectos y con decisiones humanas sigue diciendo más que cualquier archivo impecable generado por una máquina que nunca duda.
Ese será el verdadero test. No para las cámaras, sino para nosotros.
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.