Nunca hemos hecho tantas fotografías como ahora. Ni siquiera estamos cerca. Cada día se generan miles de millones de imágenes en todo el mundo. Fotografiamos los viajes, la comida, el perro, el coche recién lavado, el café de la mañana y cualquier puesta de sol que se atreva a aparecer delante de nosotros. Los fotógrafos tampoco nos quedamos atrás. Disparamos más rápido, más barato y más veces que cualquier generación anterior.
Lo curioso es que, mientras la cantidad de fotografías no deja de crecer, la atención que les prestamos parece seguir el camino contrario. Acumulamos discos duros llenos de imágenes que nunca volvemos a abrir, carpetas pendientes de revisar y fotografías que desaparecen de nuestra memoria apenas unos días después de haberlas hecho.
Y no hablo de fotografías malas. Hablo precisamente de las buenas. De esas imágenes que nos gustaron cuando las hicimos, que importamos cuidadosamente al ordenador y que acabaron enterradas bajo miles de archivos nuevos. Porque hacer fotografías nunca había sido tan sencillo, pero convivir con ellas parece cada vez más complicado.
Por eso empiezo a preguntarme si el problema no es que hagamos malas fotos. Quizá el problema es que hacemos tantas que hemos dejado de concederles la importancia que antes tenían.
La mayoría de las fotos que haces no las volverás a ver jamás
Puede sonar exagerado, pero piensa un momento en todas las fotografías que hiciste durante el último año. No las mejores ni las que publicaste en Instagram. Todas. Las del móvil, las de una escapada de fin de semana, las de una comida familiar o las de aquella tarde en la que saliste con la cámara sin ningún objetivo concreto. Ahora intenta recordar cuántas has vuelto a mirar desde entonces.
Muchos fotógrafos acumulan decenas de miles de imágenes perfectamente organizadas en discos duros que no han vuelto a abrir desde el día que las importaron. Conservan copias de seguridad de fotografías que ni siquiera recuerdan haber hecho y siguen almacenando nuevas imágenes a un ritmo mucho más rápido del que son capaces de revisar las antiguas. Lo paradójico es que la mayoría de nosotros seguimos actuando como si estuviéramos construyendo un archivo visual de enorme valor.
Quizá por eso cada vez tengo más la sensación de que muchos discos duros se parecen más a un trastero que a un archivo fotográfico. La tecnología ha resuelto el problema de guardar fotografías, pero no el de dedicarles tiempo. Y cuando una imagen pasa años almacenada sin que nadie vuelva a verla, cuesta no preguntarse si realmente la conservamos porque es importante o simplemente porque nunca encontramos un momento para decidir qué hacer con ella.
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Disparamos como si cada foto fuera importante y tratamos casi todas como basura
Uno de los cambios más importantes de la fotografía digital no tiene que ver con los megapíxeles, el autofoco o la inteligencia artificial. Tiene que ver con algo mucho más simple: ya no tenemos ningún motivo para contenernos. Podemos disparar veinte fotografías de la misma escena, lanzar una ráfaga de varios segundos o volver a hacer la misma foto una y otra vez porque el coste de equivocarse es prácticamente inexistente.
Eso tiene muchas ventajas, pero también ha cambiado nuestra relación con cada disparo. Fotografiamos como si cada imagen fuera importante en el momento de hacerla, aunque después tratemos la mayoría como material prescindible. Guardamos secuencias enteras de fotografías casi idénticas, acumulamos archivos que sabemos que nunca utilizaremos y posponemos constantemente la selección porque siempre hay nuevas imágenes esperando para ocupar nuestro tiempo.
Lo curioso es que hemos terminado normalizando una situación bastante extraña. Dedicamos más atención a hacer fotografías que a decidir cuáles merecen quedarse. Hace años una imagen tenía que justificar el espacio que ocupaba. Hoy el espacio parece infinito y la selección se ha convertido en una tarea opcional. Quizá por eso muchos fotógrafos acumulan miles de archivos mientras cada vez les cuesta más señalar cuáles son las fotografías que realmente representan su trabajo.
Nunca habíamos tenido tantas fotografías y tan pocos recuerdos fotográficos
Vivimos en la época más fotografiada de la historia. Documentamos viajes, conciertos, comidas, reuniones familiares, paseos, vacaciones y prácticamente cualquier experiencia que consideremos mínimamente relevante. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para conservar recuerdos y, sin embargo, cada vez tengo más dudas sobre si realmente estamos conservándolos o simplemente acumulándolos.
Basta con observar algunas situaciones que ya hemos normalizado. Conciertos enteros grabados a través de una pantalla, turistas recorriendo lugares espectaculares sin apartar la vista del móvil o familias con decenas de miles de fotografías almacenadas que jamás han vuelto a ver juntas. La fotografía nació para ayudarnos a recordar, pero en ocasiones parece que hemos convertido el recuerdo en una tarea pendiente para algún día. Un día que casi nunca llega.
Y esto también afecta a los fotógrafos. Conocemos al detalle las especificaciones de nuestras cámaras, discutimos durante horas sobre sensores, objetivos o algoritmos de enfoque y dedicamos una cantidad enorme de tiempo a producir nuevas imágenes. Nunca ha sido tan fácil saber qué cámara comprar, qué objetivo elegir o qué ajuste utilizar para una situación concreta.
Lo que ya no tengo tan claro es cuánto tiempo dedicamos a mirar nuestras propias fotografías. No a editarlas, publicarlas o archivarlas. A mirarlas de verdad. Quizá por eso muchos fotógrafos tendrían dificultades para señalar cuáles son las diez mejores imágenes que hicieron el año pasado. No porque no existan, sino porque seguimos disparando a una velocidad muy superior a la que dedicamos a revisar nuestro propio trabajo. Y ahí es donde empiezo a preguntarme si el verdadero exceso no está en la cantidad de fotografías que hacemos, sino en la facilidad con la que pasamos a la siguiente sin detenernos demasiado en la anterior.
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Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.
3 comentarios
Muy buen post!
Me siento identificado. Particularmente, tengo la esperanza de que algún día me jubilaré y podré «echar la vista atrás».
Mientras tanto, en los veranos o los fines de semana, o las largas tardes de invierno sin nada que hacer… consulto mi «macro archivo» y edito (me gusta mucho) y disfruto de algunas de esas imágenes, y si tengo paciencia suficiente y junto más de una docena, las publico (en una web propia) más como selección del archivo que otra con algún otro motivo.
Pero si… hay una cierta desproporción. Creo que no solo en fotografía, en todo lo digital (osea, en todo)
Lo peor de todo es que tenemos mucho mas tiempo del que pensamos. Se pueden sacar 30 minutos cualquier día, y el finde otro tanto. 😉
Hola Pedro
De acuerdo con todo lo que dices. Lo que puedo aportar es mi experiencia y, sí, hago muchas fotos, muchas más que cuando había que comprar carretes, revelador, fijador, esmaltadora, ampliadora y disponer de un laboratorio.
Ahora es muy fácil hacer fotos (echarlas, dicen en mi pueblo) por eso yo selecciono continuamente, edito -poco- las guardo ordenadas para encontrarlas fácilmente y el destino final tiene tres caminos: voy haciendo álbumes de Hoffman, especialmente de viajes, publico algunas en Flickr y, de vez en cuando rescato alguna significativa y se la mando a algunas de las personas que salen en ellas, con un recuerdo y un abrazo. Te animo a seguir y te felicito.
Saludos