Hace unos meses escribí sobre la Sigma BF intentando responder a una pregunta bastante sencilla: qué demonios pretendía hacer Sigma con una cámara que, sobre el papel, parecía empeñada en quitar cosas en lugar de añadirlas. Defendí entonces que juzgarla únicamente por especificaciones era bastante injusto, porque detrás de todas aquellas renuncias había una idea muy concreta sobre cómo debería ser una cámara.
Muy bien. Ya hemos entendido la idea. Ahora toca usarla.
Y aquí las cosas cambian bastante, porque comprender por qué la Sigma BF no tiene visor no hace aparecer mágicamente uno cuando estás fotografiando a pleno sol. Entender su obsesión por la simplicidad tampoco consigue estabilizar el sensor, mejorar la batería o eliminar el rolling shutter. Después de pasar tiempo con ella, sigo pensando que Sigma ha creado una de las cámaras más interesantes de los últimos años. También tengo bastante más claro dónde se han pasado de frenada.
El diseño es espectacular. Tus manos quizá opinen otra cosa
Hay que reconocerlo: la Sigma BF es una barbaridad como objeto. El cuerpo está mecanizado a partir de un único bloque de aluminio y Sigma emplea alrededor de siete horas en fabricar cada uno. No hay tornillos visibles, uniones evidentes ni demasiados elementos rompiendo las líneas del cuerpo. Parece menos una cámara diseñada por un departamento de producto y más algo que encontrarías encima de la mesa de un arquitecto que pronuncia «concepto» demasiadas veces durante una conversación.
La sensación de calidad también está a la altura. Es sólida, densa sin resultar pesada y el acabado transmite una precisión industrial fantástica. Incluso elementos tan absurdamente secundarios como la tapa del cuerpo parecen haber recibido más atención de la que algunas marcas dedican a cámaras enteras. Pero una cosa es mirarla y otra sujetarla durante horas.
No existe una empuñadura convencional y el cuerpo mantiene unas formas bastante angulosas. La superficie frontal proporciona más agarre de lo que aparenta y el apoyo trasero para el pulgar ayuda bastante, así que tampoco estamos ante una pastilla de jabón de 2.000 euros. Con objetivos pequeños resulta razonablemente cómoda.
El problema aparece cuando empezamos a montar objetivos grandes. La Sigma BF está pidiendo a gritos objetivos compactos. Los pequeños Sigma I-Series le quedan como un guante; un zoom contundente empieza a recordarte que alguien diseñó primero el cuerpo y después ya veremos qué hacemos con las leyes de la palanca.
Y algunos bordes terminan notándose en la mano. Nada dramático, pero suficiente para desmontar esa idea de que un diseño precioso tiene que ser automáticamente un prodigio ergonómico. No lo es.
La interfaz minimalista funciona mejor de lo que esperaba
Aquí tengo que reconocer que Sigma me ha cerrado un poco la boca.
Cuando ves cuatro botones, una rueda y una cámara prácticamente desnuda, es fácil pensar que la interfaz va a ser una demostración de minimalismo llevado hasta el punto de resultar irritante. Afortunadamente, la Sigma BF no consiste simplemente en quitar botones. Hay bastante pensamiento detrás de cómo se controla.
La clave está en la pequeña pantalla de estado situada junto al monitor principal. La cámara organiza alrededor de ella diez parámetros fundamentales: modo de disparo, formato, relación de aspecto, enfoque, balance de blancos, velocidad, apertura, compensación, ISO y modo de color.
Pulsando el botón central podemos verlos en la pantalla principal y movernos entre ellos con la rueda trasera. Cuando aprendes dónde está cada cosa, muchas operaciones pueden realizarse prácticamente mirando únicamente el pequeño display secundario. Y funciona.
No hay veinte páginas de menús, siete pestañas de autofocus, treinta opciones de personalización y una sección misteriosa que sabes que viste una vez pero nunca vuelves a encontrar. La cámara tiene una lógica muy concreta y, después de un pequeño periodo de adaptación, empiezas a moverte por ella con bastante rapidez.
Eso sí, tampoco confundamos sencillez con velocidad absoluta. Si necesitas cambiar continuamente parámetros, modos o configuraciones complejas, una cámara convencional con varios diales y botones dedicados sigue siendo más rápida. La Sigma BF quiere que trabajes de una determinada manera y apenas tiene interés en adaptarse a otra. Curiosamente, ahí está parte de su encanto y también parte del problema.
Sigma BF
No tener visor es una putada. Y la pantalla fija tampoco ayuda
En el artículo de opinión ya decía que echaría de menos un visor. Confirmado.
La pantalla trasera de 3,15 pulgadas y 2,1 millones de puntos se ve muy bien en condiciones normales. Tiene buena definición y la ausencia de iconos y toneladas de información permite disfrutar de una imagen sorprendentemente limpia mientras compones. Hasta que sale el sol con ganas.
Entonces recuerdas que no tienes visor, que tampoco puedes poner uno externo y que toda tu relación visual con la cámara depende de esa pantalla. Puedes aumentar el brillo, buscar sombra con el cuerpo y hacer esa maravillosa coreografía que todos hemos hecho alguna vez intentando ver un LCD bajo luz intensa. Muy minimalista todo.
Y hay otra decisión que me cuesta todavía más defender: la pantalla es fija.
Precisamente una cámara pequeña, discreta y orientada a llevarla encima constantemente habría aprovechado muchísimo una pantalla inclinable. Para fotografía callejera, encuadres bajos, disparar desde la cintura o simplemente buscar perspectivas diferentes habría sido tremendamente útil.
Puedo entender que una pantalla articulada rompiera la pureza del bloque de aluminio. Lo entiendo perfectamente. Pero la foto que no puedes encuadrar cómodamente no mejora porque la trasera de la cámara sea preciosa.
Calidad de imagen: aquí hay bastante menos que discutir
Debajo de toda esta fiesta de aluminio hay un sensor Full Frame BSI de 24,6 megapíxeles que entrega exactamente lo que uno espera de un captor moderno de este tamaño: muy buena calidad de imagen, buen rango dinámico y un comportamiento extraordinario cuando empieza a faltar luz.
Los 24 megapíxeles me parecen además una resolución muy coherente para esta cámara. No pretende ser una máquina de estudio ni una herramienta para recortar un pájaro situado en la provincia de al lado. Hay resolución suficiente para prácticamente cualquier uso normal y los archivos DNG siguen siendo manejables.
Sigma introduce, además, una peculiar gestión de las altas luces. La cámara tiende a trabajar alrededor de ISO 400 cuando utilizamos ISO automático para conservar información adicional en las zonas luminosas y aprovecharla en sus JPEG HDR. Estos archivos pueden incluir información adicional para pantallas HDR compatibles sin necesidad de generar un formato extraño aparte.
La contrapartida es que esa estrategia puede introducir algo más de ruido en sombras y tonos medios del estrictamente necesario. Si trabajamos en RAW podemos intervenir más directamente sobre cómo queremos exponer y olvidarnos de buena parte de esta filosofía.
Pero donde Sigma se ha divertido bastante es con sus modos de color. Rich, Calm, Powder Blue, Warm Gold, Teal & Orange, Forest Green, Cinema, Monochrome… Hay suficiente variedad para encontrar resultados interesantes directamente desde cámara sin convertir cada fotografía en una excursión posterior a Lightroom.
Algunos son bastante intensos y otros tienen más posibilidades de sobrevivir al entusiasmo inicial. Pero lo importante es que invitan a utilizarlos. En una cámara pensada precisamente para fotografiar de una forma más inmediata, tienen bastante sentido.
El autofocus es una de las sorpresas de la Sigma BF
Confieso que esperaba encontrar aquí una cámara bastante más torpe. No ha sido así.
La Sigma BF utiliza autofocus híbrido por detección de fase y contraste, con reconocimiento de personas y animales, detección de ojos y seguimiento. No existe el catálogo casi zoológico de sujetos que ofrecen algunos sistemas actuales, donde puedes indicarle a la cámara si estás fotografiando un humano, un perro, un tren, una moto o probablemente un ornitorrinco con casco.
Pero lo que tiene funciona muy bien. Para fotografía cotidiana puedes dejar AF-C, detección de sujeto y área completa y olvidarte bastante del asunto. La detección de ojos responde rápido y el seguimiento mantiene el sujeto con bastante seguridad. Cuando quieres indicarle otra cosa, basta tocar sobre la pantalla.
No es una cámara deportiva. Tampoco pretende serlo. Sus 8 fps, su interfaz y, sobre todo, las limitaciones de su obturador electrónico hacen que haya herramientas muchísimo mejores para acción rápida.
Pero para calle, viajes, retrato informal y fotografía cotidiana, el autofocus hace exactamente lo que necesito de él: no dar por culo. Y probablemente ese sea uno de los mejores cumplidos que puedo hacerle a un sistema AF.
El obturador electrónico sí tiene consecuencias
Aquí se acaba un poco la fiesta. La Sigma BF no tiene obturador mecánico. Todo se realiza mediante obturación electrónica y eso, con este sensor, tiene consecuencias que conviene conocer antes de sacar la tarjeta de crédito. Bueno, la tarjeta de crédito sí. La tarjeta SD no, porque tampoco hay dónde meterla.
Las mediciones publicadas sitúan la lectura completa del sensor en fotografía alrededor de 24,8 ms, aproximadamente 1/40 s. No es precisamente una barbaridad de velocidad y significa que los sujetos que se desplazan rápidamente pueden mostrar deformaciones provocadas por rolling shutter.
También podemos encontrarnos banding cuando fotografiamos bajo determinadas fuentes de iluminación artificial, especialmente al utilizar velocidades altas. Y la ausencia de obturador mecánico hace que el uso tradicional del flash quede prácticamente fuera de juego.
Además, la forma en que se realiza la lectura apunta a una captura de 12 bits, con una pequeña penalización potencial en rango dinámico a sensibilidades bajas frente a lo que podría ofrecer el sensor en otras condiciones. Aquí no hay demasiada filosofía que rascar.
Si haces fotografía tranquila, calle, viajes, paisaje o escenas cotidianas, puede que pases días sin acordarte del asunto. Si fotografías acción rápida, trabajas habitualmente con iluminación artificial problemática o utilizas flash, la Sigma BF empieza a enseñarte la puerta.
Y no porque no hayas entendido su concepto. Porque técnicamente no es la cámara adecuada para eso.
230 GB internos: la locura que terminó gustándome
Cuando Sigma anunció una cámara sin ranura para tarjetas pensé aproximadamente lo mismo que media humanidad: estupendo, otra cosa que han quitado para poder explicar después durante veinte minutos por qué eliminarla era revolucionario. Pues tengo que admitir que esta me gusta.
La Sigma BF integra 230 GB de almacenamiento disponible, suficiente para guardar miles de fotografías. Para el tipo de utilización que propone la cámara es una cantidad enorme y elimina por completo la rutina de comprobar tarjetas, formatearlas, llevar repuestos o descubrir justo al salir de casa que la SD sigue dentro del lector.
La transferencia se realiza mediante su USB-C de 10 Gbps y conectar la cámara a un ordenador, teléfono compatible o dispositivo externo resulta muy rápido. En lugar de una aplicación inalámbrica que decide dejar de reconocer la cámara justo cuando más prisa tienes —una preciosa tradición de la industria fotográfica—, aquí conectas un cable y transfieres.
¿Preferiría tener además una ranura SD? Claro. Porque si existe un problema con el almacenamiento interno no puedes sacar la tarjeta, meter otra y continuar trabajando. Pero después de utilizar la memoria integrada, la decisión me parece bastante menos absurda que cuando la vi por primera vez.
Incluso diría que es una de esas ideas que me gustaría ver en más cámaras. Eso sí: además de la tarjeta, Sigma. Tampoco hacía falta cargársela.
Batería de la Sigma BF: aquí no hay filosofía que valga
La Sigma BF utiliza la batería BP-81 y ofrece una autonomía oficial CIPA de unas 260 fotografías. No es mucho.
Las cifras CIPA nunca representan perfectamente el uso real y puedes conseguir más fotografías dependiendo de cómo trabajes. También puedes conseguir menos. Algunas pruebas prolongadas han rondado las 180 fotografías por carga, especialmente cuando la pantalla permanece activa durante bastante tiempo o se trabaja en condiciones frías.
Y recordemos un pequeño detalle: aquí la pantalla no es opcional. Es tu visor.
La cámara muestra además el porcentaje de batería en su pequeña pantalla secundaria, lo cual está fenomenal para saber cuánta energía queda y todavía mejor para desarrollar una ligera obsesión viendo cómo baja.
El modo de espera tampoco es la solución perfecta porque continúa existiendo un consumo apreciable. Afortunadamente, el arranque desde apagado es suficientemente rápido como para que resulte más lógico apagarla cuando no vayamos a utilizarla durante un rato.
¿Es un desastre? No. ¿Me parece suficiente en una cámara concebida para acompañarte durante todo el día? Tampoco.
Una segunda batería o una pequeña batería externa empiezan a resultar demasiado recomendables para una cámara cuya filosofía consiste precisamente en salir ligero y olvidarte de complicaciones.
Vídeo: sorprendentemente capaz para una cámara que pone obstáculos para grabar vídeo
Sobre el papel, la Sigma BF tiene un apartado de vídeo bastante más completo de lo que su aspecto sugiere. Puede grabar 6K hasta 30p, UHD 4K hasta 30p y Full HD hasta 120p. Dispone de grabación de 10 bits, H.265 y Leica L-Log, además de herramientas como false color y la posibilidad de trabajar con ángulo de obturación.
Eso no es exactamente poner un modo vídeo testimonial para poder añadir otra línea a la ficha técnica. El problema vuelve a estar alrededor.
No tenemos estabilización mecánica en el cuerpo, solamente estabilización electrónica para vídeo. Tampoco HDMI, zapata ni una colección de conexiones pensada para montar accesorios. El USB-C permite utilizar determinados micrófonos y auriculares compatibles, pero queda bastante claro que Sigma no estaba intentando construir una pequeña cámara de producción.
Después de usarla, entiendo mejor la Sigma BF. Y también sus defectos
Cuando escribí sobre la Sigma BF por primera vez tenía la sensación de que juzgarla simplemente comparando especificaciones era perderse lo verdaderamente interesante de la cámara.
Después de utilizarla sigo pensando exactamente lo mismo. Pero hay una diferencia importante: entender la Sigma BF no significa perdonárselo todo.
La simplificación de la interfaz me parece un acierto. La pequeña pantalla secundaria está mejor pensada de lo que aparenta. El autofocus funciona sorprendentemente bien. La memoria interna ha terminado pareciéndome una idea fantástica y la calidad de imagen está perfectamente a la altura de lo que espero de una Full Frame moderna.
Incluso algunas renuncias ayudan a construir esa experiencia tan particular que Sigma perseguía. Otras no.
Sigo echando muchísimo de menos un visor. La pantalla fija me parece una oportunidad perdida. La batería debería aguantar más. La ausencia de estabilización limita bastante determinadas situaciones y depender exclusivamente de un obturador electrónico relativamente lento introduce problemas reales que ninguna explicación sobre diseño minimalista consigue solucionar.
Y creo que precisamente ahí está la diferencia entre entender una cámara y justificarla. La Sigma BF no necesita que la justifiquemos.
Es una cámara preciosa, extraña, muy bien construida, técnicamente competente y con algunas decisiones extraordinariamente inteligentes. También es una cámara cara que deliberadamente renuncia a herramientas que encontramos en modelos mucho más convencionales y que, en determinadas disciplinas, son bastante importantes.
Después de utilizarla no creo que sea una genialidad incomprendida ni una estupidez de diseño. Es algo bastante más interesante: una cámara con una personalidad enorme y defectos igual de evidentes.
Y hay algo que sigo pensando desde la primera vez que la tuve delante. Dentro de unos años, cuando muchas cámaras actuales sean simplemente cuerpos negros prácticamente indistinguibles entre sí, probablemente seguiremos acordándonos de la Sigma BF.
Aunque solo sea para continuar discutiendo si quitarle tantas cosas fue una genialidad. O si a Sigma se le fue un poco la mano.
Sigma BF
Tan brillante como imperfecta
Puntuación por apartados
Veredicto
La Sigma BF me gusta más después de haberla utilizado, pero también me resulta bastante más fácil criticarla. Su construcción es extraordinaria, la interfaz minimalista funciona de verdad y tanto la calidad de imagen como el autofocus están muy por encima de lo que su apariencia casi experimental podría hacer pensar.
También hay decisiones que empiezan a molestar en cuanto sales a fotografiar. No tener visor bajo un sol fuerte es incómodo, que la única pantalla sea además fija limita bastante algunos encuadres y la autonomía debería ser mejor. La ausencia de IBIS tampoco ayuda precisamente a justificar algunas de esas renuncias.
Más importante todavía es depender exclusivamente de un obturador electrónico relativamente lento. El rolling shutter, el banding bajo determinadas luces artificiales y las enormes limitaciones con flash no son cuestiones filosóficas ni parte de una experiencia fotográfica más pura. Son peajes reales que conviene conocer.
Y aun con todo eso, cuesta dejarla en casa. Ahí está probablemente el mayor triunfo de Sigma. La BF no es la cámara más completa que puedes comprar por este dinero, ni lo intenta. Es una cámara con una idea clarísima detrás, magníficamente construida y tremendamente agradable cuando tus fotografías encajan dentro de sus reglas. El problema llega cuando eres tú quien pretende cambiar esas reglas.
Lo mejor
Lo peor
Sigma BF
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.







