Nos hemos vuelto bastante exquisitos para algunas cosas. Podemos pasar por delante de un bar con las sillas de plástico de Mahou, un toldo que conoció tiempos mejores y una máquina tragaperras iluminando media barra sin sacar la cámara. Diez minutos después encontramos una fachada desconchada, pero desconchada de una forma suficientemente fotogénica, y ahí sí. Ahí aparece el fotógrafo que llevamos dentro.
Nos gustan las cosas viejas cuando ya tienen encanto, las calles pobres cuando resultan pintorescas y los edificios abandonados cuando la naturaleza ha tenido la delicadeza de colocar una planta en el sitio correcto. Lo simplemente feo lo tenemos bastante más complicado. Un polígono industrial un martes por la tarde, una urbanización de 2007, el interior de un supermercado, el salón de casa de nuestros padres o una calle llena de coches aparcados no parecen merecer demasiado espacio en la tarjeta.
Y quizá estamos cometiendo un error bastante curioso: fotografiamos obsesivamente aquello que consideramos digno de ser recordado mientras dejamos desaparecer casi todo aquello que realmente explica cómo vivimos.
Lo feo tiene muy mala prensa
La fotografía siempre ha seleccionado. Levantas la cámara y, en ese mismo momento, estás diciendo que eso merece ser fotografiado y todo lo que has dejado fuera no. Hasta aquí ninguna revelación digna de cobrar una entrada.
Lo interesante es comprobar qué cosas hemos decidido colectivamente que merecen una fotografía.
Una montaña con niebla, sí. Una gasolinera de carretera, depende de que tenga suficientes neones. Una cabaña medio derruida en mitad de Asturias, por supuesto. Un adosado de ladrillo visto con un monovolumen delante, ni borracho. Un pescador arreglando sus redes es fotografía documental; tu vecino descargando la compra del maletero parece que todavía no ha adquirido suficiente trascendencia.
Tenemos incluso una habilidad extraordinaria para quitar de la fotografía todo aquello que estropea nuestra idea del lugar. Esperamos a que pase el coche, cambiamos ligeramente el encuadre para que no aparezca el contenedor, evitamos el cartel, buscamos un ángulo donde no salga el edificio nuevo y regresamos a casa encantados porque hemos conseguido fotografiar un pueblo de 2026 como si todavía estuviéramos en 1963.
Luego hablamos de documentar nuestro tiempo.
Con dos cojones.
Lo cotidiano solo empieza a interesarnos cuando desaparece
Hay algo fascinante en las fotografías antiguas: muchas de las que hoy podemos observar durante varios minutos probablemente fueron fotografías completamente vulgares cuando se hicieron.
Una calle cualquiera. Un aparcamiento. Una familia comiendo. El escaparate de una tienda. Una cocina. Un grupo de amigos alrededor de una mesa con una botella de gaseosa y un cenicero que hoy provocaría un pequeño incidente diplomático en Instagram.
No necesitamos que sean grandes fotografías. Miramos los coches, los precios escritos en los escaparates, cómo vestía la gente, los electrodomésticos, los muebles, los carteles de los comercios. Nos fijamos incluso en cosas que probablemente el fotógrafo consideraba ruido cuando pulsó el disparador.
El tiempo ha hecho interesante aquello que entonces era completamente normal.
Y ahí aparece una paradoja bastante hermosa. Si hoy viéramos a alguien fotografiando sistemáticamente los aparcamientos de un Carrefour, probablemente pensaríamos que necesita encontrar urgentemente otra afición. Si esas mismas fotografías aparecen dentro de cincuenta años, posiblemente habrá investigadores ampliándolas para averiguar qué coches conducíamos, cómo eran los carteles publicitarios o por qué demonios necesitábamos 46 modelos diferentes de SUV para ir a comprar pan.
Quizá no estamos rodeados de cosas poco interesantes. Quizá simplemente estamos demasiado cerca de ellas.
Nuestra época también es ese horrible bloque de pisos
Nos encanta pensar la fotografía como una herramienta para conservar memoria, pero somos bastante selectivos con la memoria que queremos conservar.
Fotografiamos cascos históricos procurando que no aparezca el aire acondicionado. Buscamos pueblos sin coches. En los paisajes intentamos eliminar cualquier señal humana salvo que sea una pequeña cabaña de piedra estratégicamente colocada, porque una cabaña es bucólica pero una nave ganadera aparentemente rompe la comunión espiritual con la naturaleza.
Tenemos una curiosa obsesión por fotografiar el presente intentando que no parezca demasiado presente.
Pero 2026 no son solamente los monumentos, los parques naturales y las calles bonitas. También son las rotondas. Los Mercadona. Las placas solares. Los cargadores eléctricos. Los bazares chinos. Las terrazas cerradas con plástico. Los polígonos. Las casas con fachadas horribles. Los carteles de «Se vende». Los gimnasios abiertos 24 horas. Los repartidores esperando delante de un restaurante mientras miran el móvil.
Puede que nada de eso consiga demasiados corazones rojos esta tarde. Dentro de varias décadas será exactamente lo que permita entender cómo era esta tarde.
También hemos dejado de fotografiar nuestra propia casa
Y aquí el asunto empieza a tocar un nervio bastante más cercano.
Podemos volver de un viaje con cuatro mil fotografías y descubrir que apenas tenemos imágenes del lugar donde hemos vivido durante diez años. Tenemos Roma desde diecisiete ángulos, pero ninguna fotografía de aquella cocina. Tenemos una puesta de sol en Lanzarote hecha con tres objetivos diferentes, pero apenas recordamos cómo era el dormitorio de nuestra primera casa.
Las casas aparecen en nuestras fotografías como fondo accidental. Alguien celebra un cumpleaños y detrás está aquel mueble. Fotografías al perro y aparece una esquina del salón. Un niño abre los regalos de Navidad y, casi sin querer, queda documentada una habitación entera.
Años después acabamos mirando más el fondo que el cumpleaños.
«Mira aquella televisión.» «Hostia, la lámpara.» «¿Te acuerdas de ese sofá?»
La fotografía que supuestamente hicimos termina conteniendo otra fotografía que no sabíamos que estábamos haciendo.
Estamos fabricando un pasado demasiado bonito
Nunca se han hecho tantas fotografías como ahora, pero eso no significa necesariamente que estemos documentando mejor nuestra época. Tal vez ocurra justo lo contrario.
Seleccionamos, encuadramos, limpiamos, corregimos y publicamos. Las fotografías que sobreviven públicamente están cada vez más filtradas por nuestra idea de lo que merece ser visto. Hasta cuando fotografiamos lo cotidiano tendemos a buscarle una geometría, una luz, un personaje o alguna pequeña justificación estética que convierta lo normal en algo presentable.
No queremos fotografiar una gasolinera. Queremos fotografiar una gasolinera que parezca una fotografía. Y esa diferencia es bastante importante.
Porque dentro de cincuenta años probablemente nadie necesite otra imagen perfecta de la Catedral de Burgos. La Catedral de Burgos seguirá teniendo millones. Quizá alguien quiera saber cómo era el bar que había enfrente.
Puede que estemos fotografiando justo al revés
No creo que tengamos que empezar mañana un proyecto documental sobre contenedores amarillos ni dedicar los próximos diez años a registrar sistemáticamente los pasillos de Leroy Merlin. Bastante dura es ya la existencia.
Pero sí resulta curioso pensar cuánto esfuerzo dedicamos a fotografiar cosas que ya han sido fotografiadas millones de veces y qué poco a todo aquello que está desapareciendo delante de nosotros sin hacer ruido.
Nuestra calle. Nuestra casa. El comercio de la esquina. El coche familiar. La oficina. Los bares donde quedamos. Los objetos que utilizamos. La gente haciendo cosas completamente normales.
Todo eso nos parece aburrido precisamente porque todavía existe. Un día dejará de hacerlo.
Y entonces posiblemente alguien encontrará una fotografía vieja, ampliará el fondo y dirá:
«Joder, mira cómo era aquello».
El fotógrafo seguramente estaba intentando sacar una bonita puesta de sol. La parte interesante estaba detrás.
Nacido en los 80 y criado entre carretes y sarcasmo. Fotógrafo profesional y especialista en comunicación y marketing de contenidos. En 2020 lanzó Fujiadictos y en 2025 creó Full Frame Foto, un proyecto donde la fotografía se cuenta sin filtros y con la mala leche justa.